La última Conferencia Mundial de la Mujer se celebró hace más de 30 años, en 1995. No ha habido más desde entonces. Aquella fue una batalla difícil de librar, y de impulsarse ahora, se correría un “serio riesgo de retroceso”. Mientras tanto, las brechas de género siguen vivas y los logros conquistados se cuestionan, en un mundo donde tendencias políticas de signo conservador desafían las conquistas feministas de las últimas décadas.
Así lo valora la socióloga y exdirectora del Instituto de las Mujeres, Marina Subirats, que ha participado en una mesa de diálogo en la Universidad de Cantabria sobre esa Conferencia de Pekín de 1995 en la que lideró la delegación española. España ostentaba en aquel momento la Presidencia de la UE y habló en representación de la Europa de los quince.

El hito de Pekín
La IV Conferencia Mundial sobre la Mujer, celebrada en Pekín en septiembre de 1995 bajo el amparo de Naciones Unidas, supuso un punto de inflexión histórico. La Declaración y Plataforma de Acción de Beijing fue adoptada de forma unánime por 189 países y fijó objetivos estratégicos para el avance de las mujeres en doce ámbitos cruciales. Desde la educación y la salud hasta el acceso al poder y la economía.
Por primera vez, además, el protagonismo estuvo en el tejido asociativo feminista y no solo en las delegaciones gubernamentales. Y fue en ese foro donde la entonces primera dama de Estados Unidos, Hillary Clinton, pronunció su discurso “Los derechos de las mujeres son derechos humanos”. Este discurso se ha considerado uno de los más influyentes del movimiento global por los derechos de las mujeres.
Avances reales, pero insuficientes
“Hemos avanzado muchísimo, aunque a veces se puede dudar porque queda mucho por hacer”. Esto lo dice Subirats, quien insiste en que la igualdad plena aún no se ha conseguido.
Y detrás de esa afirmación, apoyada irrefutablemente, lo datos de esta lectura agridulce. Según el informe de ONU Mujeres sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenible de 2024, las mujeres ocupan ya uno de cada cuatro escaños parlamentarios a nivel mundial. Es un aumento considerable respecto a hace una década.
La proporción de mujeres que viven en pobreza extrema ha caído por debajo del 10% por primera vez.
Además, la proporción de mujeres que viven en pobreza extrema ha caído por debajo del 10% por primera vez, y se han impulsado hasta 56 reformas jurídicas en todo el mundo para cerrar la brecha de género.
En España, la brecha salarial se ha cerrado en más de ocho puntos porcentuales en la última década. En 2023, se situó en el 15,7%, su valor más bajo de la serie histórica, según la Encuesta Anual de Estructura Salarial. Como colofón, más del 40% de los puestos directivos están ocupados por mujeres, la mayor tasa de la Unión Europea.
Las brechas que no cierran
Ahora bien, tras los logros, las metas que no se logran y las brechas que persisten. Lorea Romero, investigadora posdoctoral de la Universidad de Deusto, advierte de que las brechas de desigualdad de género siguen existiendo en todos los ámbitos, “e incluso en los países a priori más avanzados”. “La violencia machista», remarca, «sigue siendo el día a día de muchísimas mujeres en todo el mundo y eso no ha cambiado”.

Las cifras lo dicen. Según el informe sobre femicidio de ONU Mujeres de 2025, cada día 137 mujeres y niñas son asesinadas por sus parejas o familiares en el mundo. Además, 1 de cada 8 mujeres de entre 15 y 49 años ha sido víctima de violencia de pareja tan solo en el último año.
Pero no es la de género la única violencia que viven las mujeres. La que tiene que ver con la económica, tampoco se ha cerrado. Por ejemplo, las mujeres directivas en España cobran un 12,9% menos que sus homólogos masculinos, según el informe ICSA/EADA 2025, que por primera vez en siete años registra un aumento de la brecha.
A nivel europeo, la diferencia salarial por hora se mantiene en torno al 12%, según Eurostat. Y, a nivel global, el Foro Económico Mundial estima que, al ritmo actual, harían falta 134 años para lograr la paridad plena.
El riesgo de retroceso
Con todo, el principal peligro que identifican ambas expertas no es la falta de avance, sino el retroceso. “Hay tendencias políticas en el mundo que desafían los avances ya logrados”, advierte Subirats. Por eso, la perspectiva de convocar una nueva Conferencia Mundial de la Mujer genera más temor que esperanza entre las feministas.
Y como ejemplo, los movimientos que han surgido en Estados Unidos para limitar el voto femenino, que tiende a ser más progresista.

“Estamos en un momento en el que parece que tiene que imperar la ley del más fuerte, y esto siempre ha sido contrario a las mujeres”, añade Subirats. Por eso, la estrategia que propone es clara: “El reto es mantener todo lo que hemos conseguido. No retroceder en absoluto. Quizás ésta sea una etapa en la que no podamos avanzar decididamente, pero hay que consolidar y mantener lo conseguido, y preparar los proyectos para el momento en que un cambio de coyuntura política pueda ser favorable”.
Jóvenes y nuevas masculinidades
Ambas especialistas piden un análisis pausado y riguroso también del papel de la juventud. Reconocen que hay jóvenes que se “están dejando seducir por ideología de extrema derecha”, si bien subrayan que el feminismo sigue siendo mayoritario entre las generaciones más jóvenes. En todo ello influyen, para Romero, “la crisis del capitalismo, la precariedad laboral y la vivienda”.
Según Subirats, la educación masculina se sigue basando «en un modelo del pasado, como guerreros, y eso tiene consecuencias nefastas, primero para ellos”.
Pero también, y en gran parte, según Subirats en que la educación masculina se sigue basando «en un modelo del pasado, como guerreros, y eso tiene consecuencias nefastas, primero para ellos”. Para revertirlo, aboga por incorporar en la educación de los niños valores vinculados al cuidado, la colaboración y la expresión emocional. “Las niñas pueden jugar al fútbol, pero ¿los niños no pueden jugar con muñecas?”, interpela. Y esto es más urgente, dice, «que cerrar la brecha salarial».
Por último y no menos importante, Subirats defiende que las diferencias entre feminismos no deben convertirse en exclusión mutua. “No tiene sentido que nos pongamos a excluirnos las unas a las otras o a acusarnos. Si no hubiera sido por el camino abierto por las europeas y las norteamericanas, sería mucho más difícil para las africanas avanzar, ¿verdad?”, sentencia.
