NOTICIAS PARA MUNICIPIOS habla con tres mujeres de distintas generaciones que han pasado por una Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE) en algún momento de su vida. Incluso, hasta en dos.

Y aunque ahora se sienten más libres para hablar de sus experiencias y lo han hecho con toda naturalidad para nosotras, ninguna quiere aparecer con su verdadero nombre. Porque como nos han reconocido, a pesar de los 40 años de legalización del aborto y de estar en el siglo XXI, la sociedad sigue poniendo sobre las mujeres la responsabilidad, el estigma y la culpa.

Ellas son Dori (72), Patricia (47) y Carla (54). Estas son sus historias y sus opiniones sobre la polémica por el inexistente ‘síndrome posaborto’.

Aborto y tres vidas marcadas por el derecho a decidir

Un aborto en una peluquería

La primera vez que Dori abortó fue el 24 de junio de 1972. Lo recuerda perfectamente porque ese mismo día las autoridades franquistas detuvieron en un convento a diez miembros de la directiva del, por entonces ilegal, sindicato Comisiones Obreras. Entre ellos, se encontraba el líder comunista Marcelino Camacho. Aquello se conoció como el ‘Proceso 1001’. Dori tenía 18 años y formaba parte de los movimientos clandestinos de izquierda que luchaban contra el franquismo.

«Aborté en un piso que tenía la apariencia de una peluquería, que estaba en la glorieta de Bilbao (Madrid) y me recomendó una amiga. Yo estaba muerta de miedo, sobre todo le tenía miedo al dolor. Recuerdo que fue todo a pelo, porque no me pusieron ni anestesia ni hostias. Yo tuve muchísima suerte y salió todo perfecto, pero no siempre era así”, nos cuenta.

La charla con Dori, ya jubilada como administrativa, es distendida y se produce en una terraza del Centro de Madrid, delante de una caña. Nada que ver con la negrura social y emocional que se vivía durante la dictadura franquista, nos dice, donde no se podía hablar de apenas nada, sin tener a la policía detrás.

Ahora que sí puede hacerlo, tiene muy claro que la polémica de las últimas semanas solo responde a «una cuestión política, a un proceso de derechización del Partido Popular y a un intento del volver al mismo rollo religioso y de pecado que nos hizo vivir el ‘facherío’ a las mujeres». Y, desde luego, no ve lógico que se ponga en cuestión ahora un derecho que se legalizó hace 40 años.

Aborto y tres vidas marcadas por el derecho a decidir

La píldora clandestina

Después de pasar por aquello, Dori comenzó a tomar ‘la píldora’ anticonceptiva, cuya venta estuvo penalizada hasta 1978, salvo para casos muy puntuales y previa prescripción médica. Sin embargo, aquellas excepciones posibilitaron a las mujeres acceder a la anticoncepción, aun de manera clandestina.

«Solo la vendían dos farmacias en todo Madrid, y allí íbamos toda la progresía para comprarlas. Cómo te sentara era cuestión de suerte porque no podíamos pasar por un reconocimiento ginecológico. Pero para nosotras era la única posibilidad de ser libres y de poder tener relaciones sexuales con garantías. Al fin y al cabo, todo recaía en nosotras», relata Dori.

Quizá por aquella falta de seguimiento médico, años después, un fallo por la toma de antibióticos volvió a ponerle frente a la misma decisión. Pero esta vez, ya independizada y con trabajo, eligió Londres. El mismo destino de miles de mujeres españolas desde que en 1968 el Reino Unido legalizó el aborto. «Los aviones», detalla, «iban repletos. Era increíble. En el viaje de ida hacías amigas y éramos todas coleguísimas. Hasta que te subías en el avión de vuelta. Ahí, nadie te conocía ya”.

Dori cuenta esta anécdota con algo de extrañeza, aunque con el tiempo ha sabido comprender el por qué de aquel cambio de actitud. Mientras que para ella, el aborto no supuso ningún problema personal –«estoy segura de que a mí el ser madre por obligación me hubiese llevado al alcoholismo o a la depresión, asegura, para la mayoría de las mujeres que iba en esos aviones pesaba más la culpa y, desde el primer momento, aceleraban las ganas de olvidar.

«A nadie le apetece abortar»

A Patricia lo de olvidar le costó mucho con su segundo y todavía hoy, aun estando convencida de que hizo lo correcto, tiene días. Es por ello que le indigna que se hable de depresión, ansiedad o suicidio como “efectos del aborto”. “A ver, a nadie le apetece abortar y a nadie se le obliga a hacerlo, pero el aborto debe existir para que podamos elegir», señala abiertamente mientras en las mesas de nuestro alrededor los temas de conversación son otros.

Aborto y tres vidas marcadas por el derecho a decidir

«Y claro que puede haber tristeza o ansiedad», continúa, «pero de ahí a decir que es un síndrome, pues no». Además, remata, «si encima te señalan, te hacen sentir sucia o mala, claro que puedes acabar deprimida”.

De la primera vez apenas recuerda nada salvo que tenía 19 años y que lo hizo sola, porque «el chico me gustaba mucho y tenía miedo de que saliera espantado si se lo contaba; ya ves».

Corrían los últimos años de la década de los 90 y el aborto en España ya era legal desde 1985, bajo una ley de plazos y supuestos. Se practicaba exclusivamente en clínicas privadas con todas las garantías médicas y sanitarias, pero el coste económico que limitaba su acceso, el estigma que suponía para las mujeres y la culpa seguían tan presentes como en los tiempos de Dori. “Por entonces ya trabajaba y me lo pude pagar, pero si no, hubiese pedido el dinero porque no quería tenerlo”, recuerda.

El juicio que precede al silencio

Mas dura y más traumática fue la segunda vez. A pesar de que se quedó embarazada de una relación no consentida “en una noche de borrachera”, se llegó a plantear seguir adelante. Sin embargo, las circunstancias no le acompañaron y tuvo que decírselo al chico, porque ella no podía asumir el gasto.

Quizá por eso, lo recuerda todo de aquel día. El camino desde su casa hasta la clínica; su elección de anestesia local en la recepción del centro sanitario para que a él no le resultara más caro. Las caras demacradas por el abatimiento del hombre y la chica que esperaban en la misma sala que ella. El sentir que le hurgaban por dentro a pesar de la anestesia. Los temblores. Sus gritos. El llanto. “Le pedí a la enfermera unos tapones para los oídos para no escuchar el aspirador y al final me tuvieron que sedar entera”.

Aborto y tres vidas marcadas por el derecho a decidir

A veces piensa que ahora podría tener un hijo de 24 o 25 años, pero lo hace sin traumas. La decisión fue la que fue. Y si tiene que hablarlo, lo hace sin tapujos pero cuidándose del contexto, porque más de una y de dos veces ha notado sobre ella el juicio que precede al silencio.

La carrera o ser madre

A Carla, sin embargo, le ha costado más tiempo poder hablarlo, porque hasta hace poco no se había sentido en un contexto de confianza para hacerlo. «Yo veía las caras de la gente de mi entorno cuando salía a relucir el tema y no eran de comprensión, precisamente, así que ni siquiera opinaba por miedo a que se me notara y ser el centro de esas miradas».

Corría principios de los 90 cuando se quedó embarazada. Estaba a punto de acabar la carrera y soñaba con un futuro profesional que llevaba años diseñando y en el que tener un hijo le penalizaba. De sus compañeras de Facultad no era la primera ni sería la última que pasaba por esa circunstancia. De hecho, fue una de ellas la que le recomendó la clínica.

«Yo no lo dudé, pero tampoco fue fácil, y por lo que sé, casi todas las mujeres te dirán lo mismo». Lo dice mientras clava la mirada en el fondo de la taza de café que aprieta entre las manos.

Cuando la levanta, lo que piensa lo suelta en un chorro: «No podemos permitir que decidan por nosotras y mucho menos que lo hagan hombres con tufo a pasado. Tampoco que nos tutelen. No somos estúpidas. Cuando una mujer toma una decisión así o de cualquier otra índole, sabe lo que se hace. Por eso, es socialmente obligatorio garantizarle ese derecho. Y que se pongan recursos públicos para lograrlo. Y en lugar de explicar mentiras sobre los problemas mentales que acarrea el aborto», concluye, «no estaría de más que nos explicaran lo que supone realmente la maternidad para nuestros cuerpos, nuestras vidas y nuestras profesiones».