Ana Alkimim (Río de Janeiro-Brasil, 43) reparte su tiempo entre la creación de guiones y la escritura de libros, con el corazón siempre puesto en su tierra natal. Precisamente, su última publicación, ‘O imprevisto’ (‘El imprevisto’), le da su voz a las mujeres brasileñas que deciden abortar aun a riesgo de ir a prisión. En los poemas que componen el libro, Ana habla claramente de la subjetividad de su proceso -una subjetividad que sus compatriotas no se pueden permitir-, cuando se queda embarazada de su cuarto hijo sin desearlo.
Escuchar a Ana y leer su poesía es todo uno. Ambas son claras, reivindicativas y no tienen adornos porque les sobra fuerza. Ella dice que no tiene nada de valiente, pero decidirse a hablar de su aborto y enfrentarse a la respuesta del Estado cuando lo reclama para sí, da igual el lugar en el que lo hagas, sí lo es. Todo eso está en sus versos. Todo está en Ana y parte de ella está en esta charla para ELLAS de la que esta redactora disfrutó mucho.

PREGUNTA: ¿Cómo fue tu infancia, Ana?
RESPUESTA.: Es imposible hablar de mi infancia sin hablar de Brasil. Yo soy una persona blanca y como tal, en Brasil tengo muchos privilegios y he crecido con ellos. Aún así, los 80 en Brasil fue una década complicada. Estábamos saliendo de la dictadura, volviendo a la democracia y, económicamente, el país pasaba por muchísimas dificultades sociales. Incluso viviendo con privilegios, te marca esa inestabilidad. Por lo demás, fue muy introspectiva y con un universo fantasioso muy presente. También influyó la relación con mi padre que era alcohólico, y aunque nunca le vi borracho, eso afectó mucho nuestra relación. A pesar de ello, fui muy feliz. La relación con mi madre es super intensa, bonita. Es mi mejor amiga.
P.: Hoy en día, ser madre de tres hijos, como tú, se califica de valiente, Ana.
R.: Yo no soy valiente. En realidad, he sido totalmente inconsciente (risas) e inconsecuente. Más bien tiene que ver con la juventud porque yo fui madre por primera vez con 28 años. Siempre he querido ser madre, que conste, pero esta cuarta ola del feminismo no me pilló a tiempo de cuestionar mi deseo. Siempre lo tomé como un deseo natural y me he enfrentado a todas las consecuencias que supone ser mujer, al privilegio masculino y al machismo, realmente, después de ser madre. De hecho, mi amigo Fermín Cabal, dramaturgo ya fallecido, me dejó un audio brutal cuando leyó ‘O imprevisto’ (‘El imprevisto’) y me dijo: ‘Ana, eres impresionante y muy valiente. No, valiente, no, en realidad no eres valiente, porque valiente es quien tiene miedo, y tú no lo tienes”. Te digo que no tenía razón porque yo me muero de miedo todos los días, pero tampoco soy valiente.
P.: Vamos, que eso de idealizar la maternidad habría que hablarlo largo y tendido, ¿no?
R.: Yo creo que las mujeres de mi generación hemos romantizado la maternidad coincidiendo también con un momento de precarización de trabajos que ha hecho que la mujer vuelva a casa, porque era más caro pagar por cuidar a los hijos que dejar de trabajar. Es verdad, que ahora estamos yendo hacia un equilibrio, pero yo también he hecho cosas cuando mis niños era pequeños con las que mi madre se sorprendía. Llegó a decirme: “Ana, ¿me puedes explicar por qué estás haciendo esto contigo?”. Pero para mí era lo que tenía que hacer. En fin, que igual que aprendemos a ser madres también estamos aprendiendo a ser mujeres.


P.: ¿Realmente crees que queremos ser ‘superwoman’ y que el serlo está en nuestro ADN como se dice?
R.: Yo no creo que queramos esto exactamente, pero creemos que debemos querer. Que actuar así da valor a nuestra existencia y a lo que somos. Esto es algo muy profundo y tiene mucho que ver con el discurso capitalista que vuelca esta ideología sobre las mujeres; tiene que ver con el machismo y de ahí lo de ser la mejor madre y de poder con todo.
P.: Ese discurso machista estigmatiza a la mujer que aborta. Tú, sin embargo, no solo lo hiciste tras un proceso de reflexión sino que además, lo has puesto negro sobre blanco.
R.: Precisamente, empecé a escribir ‘O imprevisto’ para comprender lo que me pasaba y tratar de tomar una decisión. Cuando estaba escribiendo, a mitad del proceso de escritura dije, hostia, si yo estuviese en Brasil no podría siquiera plantearme esto porque el aborto es un crimen. Mucho menos publicar este libro habiendo hecho un aborto. Fue cuando decidí que lo iba a publicar. Así que lo escribí como un gesto hacia a mi país, hacia mis mujeres. Por eso la decisión de escribir es una y la de publicar, otra. Y eso le dio sentido al libro. Y a medida que iba escribiendo, iba deseando publicarlo cada vez más.
P.: No debió de ser fácil ni la decisión ni el proceso.
R.: Fue angustioso. Yo siempre he apoyado el derecho a abortar, pero después de tres hijos, me quedo embaraza del cuarto y me encuentro en la necesidad de decidir qué hacer, porque no era un embarazo deseado. Ahí me doy cuenta de que aun siendo atea y estando segura de que si me quedaba embarazada sin desearlo iba abortar, me veo en una situación donde nada es como pensaba. Me veo invadida por discursos sociales que yo no creía míos, pero que estaban ahí. También me di cuenta de que no querer tener un hijo no es lo mismo que no quedarse embarazada y tampoco es lo mismo que decidir abortar. Son cosas distintas.
«Las mujeres nos creemos que debemos ser superwoman, pero en realidad eso tiene mucho que ver con el discurso capitalista y con el machismo».
P.: ¿El proceso de escritura fue paralelo a tu proceso de decisión?
R.: Totalmente. Pensé en que las mujeres en Brasil que se planteaban abortar no se pueden permitir pensar en la subjetividad, sino en buscar dinero y un lugar que, encima, no les ofrece garantías. Por eso quise ocuparme en el libro de lo que se siente para aquellas que estuvieran pasando por lo mismo. Y lo que ha ocurrido con el libro es que en lugar de ser voz, he sido oreja, porque quienes lo han leído y han hablado conmigo, me han contado sus experiencias. Te digo más, yo he dado entrevistas a periodistas que apagan la cámara y me cuentan. Cosas brutales. Pero no solo de aborto, de abusos, de violación, de personas que no han abortado a sus hijos que están vivos y que sienten culpables por habérselo planteado en su momento. Que eso también fue una cosa que me pasó. Que si después de pensarlo lo tenía, qué iba a sentir.
P.: Es decir, ¿que también el libro es un ejercicio de reivindicación?
R.: Sí. Porque a mí me molesta mucho el no poder hablar. Y si es verdad que en España no hay problema porque el aborto está garantizado, ¿por qué razón no puedo hablar de ello? Por qué nadie habla de sus abortos, del sufrimiento que supone tomar la decisión. En el proceso, mi marido me dijo, Ana, tienes que ir a la privada, que va a ser más fácil y te va a ahorrar sufrimiento. Pero yo dije que no. Porque si aquí es legal, entonces, voy a ir a mi médica de la Seguridad Social. Y quiero ver la respuesta que me da el Estado y a hacer ese camino.
P.: …
R.: Sí. Y constaté que en España el aborto es legal, pero el Estado se lava las manos. Ahora, la Ley del aborto lo garantiza en la pública, que es un gran logro, pero prefiere privatizarlo para quitárselo de encima. Curiosamente, donde el ambiente cambió fue en la clínica. Ahí no eres una bruja. Por ley, destruyen tu expediente pasados cinco años y no hay rastro de que hayas hecho un aborto. Se supone, que para proteger a la mujer. Sin embargo, a mí, mi médica de cabecera de la Sanidad Pública me pidió una prueba embarazo que dio positivo y eso estará ahí para siempre. Ella sí me ha estigmatizado. Además, no solo no tenía ni idea del plazo legal para abortar, sino que me mandó a Servicios Sociales. Ahí fue cuando me enfadé porque yo no tenía que explicar nada. Así que con todo esto, mis ganas de publicar el libro eran cada vez mayores. Hubo un momento en que decidí vivirlo todo activamente para escribir y publicar.


P.: Me dejas sin palabras por echarle tanto valor y, en el fondo, reconozco que no me sorprende la doble moral.
R.: Pues yo lo veo más por el lado de que las fuerzas políticas progresistas intentan existir donde pueden y dejan a un lado otras cosas para sobrevivir. Entre esas cosas, está la lucha de las mujeres. Nosotras podemos gritar muy alto lo que queremos ara conseguirlo, pero mientras lo hacemos, tenemos que seguir viviendo.
P.: ¿Y la decisión de ellos en este asunto dónde queda?
R.: Es que la discusión no es esa. La discusión es que estamos luchando para que nuestro cuerpo, el cuerpo femenino nos pertenezca. Porque hay una ley que regula sobre el cuerpo femenino, no sobre el masculino, lo que significa que no somos dueñas de nuestro cuerpo. ¿Con qué derecho? Históricamente, el hombre ha dispuesto de nuestro cuerpo. Por eso es lógico que haya hombres que se planteen el tema del aborto desde su perspectiva y quieran decidir lo que debe hacer la mujer. No tiene que ver nada con el feto o con la creencia de cuándo se produce la vida, no, sino con controlar nuestros cuerpos. Como dice Silvia Federici, hay que regular el cuerpo femenino porque somos productoras de mano de obra para el capitalismo y, solo por eso, tenemos mucho poder.
P.: ¿Qué te ocupa ahora además de tu trabajo como guionista?
R.: Estoy escribiendo un novela que es la historia de Teresa, que transcurre en dos tiempos de su vida. Uno, el universo de su infancia marcada por la ausencia del padre y, el otro, en paralelo, otra época de su vida que está marcada por una situación de abuso y de acoso sexual en la Universidad. Y aclaro que tuve un profesor en la Universidad que me dijo que toda historia es una historia de ‘autoficción’, así que no es la historia de mi vida, porque no es una biografía, pero sí que la protagonista tiene muchas de mis experiencias.
P.: Aclarado queda. Y ya, por último, Ana, ¿en qué punto emocional estás?
R.: Con la edad estoy empezando a sentir que quepo en mí. Estoy super feliz. Más asentada. Pero también pienso que va a venir la menopausia y va a arrasar con todo y eso me parece totalmente injusto para las mujeres.
P.: Ese es otro tema para tratar en otra conversación, si te parece, Ana.
R.: Hecho.
