Pinto conmemora este año los 160 años transcurridos desde la puesta en marcha de la primera fábrica española que produjo chocolate a vapor y a gran escala. La llegada de esta industria supuso una transformación para el municipio, tanto por el empleo generado como por el desarrollo económico y por la vinculación de Pinto con la producción de chocolate.
La historia comenzó el 1 de agosto de 1866, cuando empezó a funcionar la fábrica de la Compañía Colonial. El complejo industrial se construyó junto a la línea ferroviaria, una ubicación que facilitaba tanto la llegada de las materias primas como el transporte de los productos elaborados. Para iniciar la producción contó con una máquina de vapor de 40 caballos.
El proyecto fue promovido por el empresario francés Jaime Méric Saisset, que había comenzado a fabricar chocolate en Madrid en 1854. Las limitaciones de espacio para ampliar sus instalaciones en la capital llevaron al empresario a buscar una nueva ubicación. Pinto ofrecía terrenos disponibles y una conexión ferroviaria que permitía enlazar con Madrid y con otras zonas de distribución.

La evolución de esta fábrica queda recogida en el libro ‘150 años de aroma a chocolate en Pinto. De La Colonial a Eureka’, escrito por Mario Coronas Arquero y editado por el Ayuntamiento de Pinto. La publicación repasa la trayectoria de una industria que estuvo vinculada durante décadas a la vida del municipio.
La llegada del cacao en ferrocarril
A mediados del siglo XIX, Pinto era una localidad de carácter agrícola con alrededor de 2.050 habitantes. Uno de los principales cambios en su desarrollo llegó en 1851 con la inauguración de la línea ferroviaria entre Madrid y Aranjuez.
La estación y, posteriormente, la prolongación de la vía hasta Alicante permitieron transportar materias primas desde los puertos y distribuir con mayor rapidez los productos elaborados. Cuando las instalaciones que Jaime Méric tenía en Madrid dejaron de disponer de espacio suficiente para aumentar la producción, Pinto se convirtió en la alternativa elegida por su disponibilidad de terrenos y su conexión ferroviaria.

La conexión ferroviaria llegó a integrarse en el propio recinto industrial mediante muelles, vagonetas y vías interiores. Por este sistema se recibían sacos de cacao procedentes de Cuba, Fernando Póo, Caracas y Soconusco, así como canela de Ceilán, café de las Antillas y té procedente de China.
Producción de chocolate
La fábrica comenzó elaborando unas 3.500 libras de chocolate cada día. En 1870 la producción había aumentado hasta cerca de 10.000 libras de chocolate, a las que se sumaban otras 2.000 libras de café y tapioca. Diez años después, la producción diaria de chocolate alcanzaba ya las 15.000 libras.
A finales del siglo XIX, La Colonial había adquirido unas dimensiones que la convertían en un importante complejo industrial dentro de Pinto. Disponía de 50 cuerpos de edificios y más de 10.000 metros cuadrados construidos, además de almacenes, talleres, muelles, jardines, una enfermería y sótanos destinados al enfriamiento.
El proceso de fabricación incluía diferentes fases. Los granos se limpiaban, tostaban, descascarillaban y trituraban antes de convertirlos en pasta. Posteriormente, esta se mezclaba con azúcar y canela, se refinaba y se introducía en moldes. Las piezas pasaban después a los sótanos, donde se enfriaban antes de ser empaquetadas.
La producción no se limitaba al chocolate. La compañía también elaboraba café, té, sopas, bombones, napolitanas y otros productos de confitería.
Más de ochenta mujeres trabajando
La mecanización de la fábrica no eliminó la necesidad de mano de obra. En 1882, la planta de Pinto contaba con 245 trabajadores: 150 hombres, 80 mujeres y otras 15 personas dedicadas a funciones técnicas, administrativas y de supervisión.
Las operarias desempeñaban principalmente tareas relacionadas con el empaquetado de las tabletas. Primero las envolvían en papel de estaño y después añadían las cubiertas de colores, por lo que esta parte del proceso concentraba una importante presencia de trabajadoras.
Durante la recuperación industrial posterior a la Guerra Civil, la participación femenina en la plantilla continuó siendo significativa. Las mujeres llegaron a representar aproximadamente el 35% de una plantilla que superaba los 500 empleos fijos.
Entre 15 y 20 trabajadoras se encargaban de la mesa de empaquetado manual, una tarea que requería especial destreza. Cada tableta podía necesitar hasta tres envoltorios, además de un timbre fiscal que debía humedecerse y colocarse manualmente.

La familia Méric también desarrolló diferentes actuaciones fuera del recinto industrial. Entre ellas se encontraban mejoras relacionadas con el alumbrado, la canalización de aguas, las calles, las escuelas y el matadero municipal.
La relación de la familia con Pinto quedó reflejada también en el espacio público. En 1897, la plaza situada junto a la fábrica pasó a llevar el nombre de Jaime Méric. Dos años después, los vecinos financiaron un busto dedicado al fundador y el Ayuntamiento nombró hijo adoptivo a su hijo Edmundo.
De La Colonial a Eureka
La Guerra Civil supuso la interrupción de la actividad productiva. Durante ese periodo, las instalaciones fueron utilizadas como almacenes, refugio y centro logístico militar. La producción se reanudó en 1941, después de que el complejo fuera vendido y reconstruido.
En 1965, López Moltó asumió un papel destacado en la actividad de la fábrica y concentró en Pinto su producción. Con ello llegaron al municipio marcas como Eureka, Caoflor, Tres Tazas, Blanco y Negro, ABC, Atlantic y Doria.
Durante los años ochenta, cuando quedaban únicamente cuatro grandes compañías chocolateras de capital español, la fábrica pinteña conservaba más de un centenar de trabajadores y mantenía una actividad exportadora.

El 14 de febrero de 2001, coincidiendo con el día de San Valentín, la producción abandonó las instalaciones históricas situadas frente a la Torre de Éboli. La actividad se trasladó entonces a la calle Águilas, en el polígono industrial de La Estación.
Con este cambio, el centro de Pinto dejó de estar vinculado al olor del cacao después de casi 135 años de actividad. De la antigua fábrica permanecieron la gran chimenea y dos edificios, que posteriormente pasaron a tener usos municipales y educativos.
Dos años después del traslado, la compañía pasó a denominarse Chocolates Eureka, manteniendo una actividad industrial que había comenzado en Pinto con una máquina de vapor y que vinculó durante generaciones al municipio con el chocolate.
Los ‘ombligos de Pinto’ y la Feria del Chocolate
La tradición chocolatera continúa presente actualmente en Pinto a través de diferentes iniciativas. Entre ellas se encuentra la Feria del Chocolate, que cada mes de septiembre reúne talleres, degustaciones y recreaciones históricas. La edición de este año se celebrará los días 26 y 27.
Esta tradición también tiene su reflejo en los llamados ‘Ombligos de Pinto’, un dulce creado por el embajador gastronómico pinteño Justo Almendrote. Su elaboración combina zanahoria, como referencia a las antiguas huertas del municipio; chocolate, en alusión a la actividad industrial desarrollada durante décadas; y fresa, como homenaje al histórico ferrocarril entre Madrid y Aranjuez que favoreció la instalación de La Colonial.

El propio nombre del dulce hace referencia a la tradicional consideración de Pinto como centro geográfico de la Península Ibérica. Según recoge la página web municipal, ‘Ombligo’ procede del latín ‘umbilicus’ y significa centro o punto medio.
