JUAN ANTONIO CASTRILLO: «Preocupa escuchar como un eurodiputado del Partido Popular, Pablo Arias Echevarria, insulta indignadísimo en la comisión de peticiones del Parlamento Europeo a los vecinos de San Fernando de Henares que habían acudido allí, angustiados, en busca de soluciones para la rotura de sus vidas. 88 familias desalojadas y 600 viviendas dañadas por las obras que el metro de Madrid realizó bajo sus pies.

Chirría que un cargo electo, con representación de una parte importante de ciudadanía y articulador de soluciones (en este caso desde el espacio europeo), cargue con tanta vehemencia y certezas, contra un grupo de personas vulnerables, damnificadas y reconocibles objetivamente como violentadas por una actuación de una administración autonómica gobernada por el partido del mencionado diputado. Sus palabras, que refrendó posteriormente ante medios de comunicación, no parecían las de un político que estudia críticamente una situación para después interpretar propuestas, parecían las de una víctima iluminada.
Paradójicamente esto podría ser cierto, el Sr. Arias sería una víctima, pero no de los invitados a la comisión, sino de su propia organización.
“Algo huele mal en Dinamarca” (al menos en la Dinamarca que tiene embajada en la calle Génova); algo se está transformado en la dinámica “creyente” de ese partido y parece mutar hacia una naturaleza “fanatizada”, similar a las que reconocemos en grupos fundamentalistas o en sectas destructivas.
El eurodiputado no interpretaba un sainete de salón político; a sus ojos vista, los vecinos que fueron a Bruselas a pedir amparo por su insólita situación, en realidad eran (sic) “mamporreros” teledirigidos por partidos políticos contrarios a los intereses del suyo. Esos otros adversarios políticos emergen en su imaginario como oponentes capaces de cualquier tropelía con tal de dañarles y estarían tergiversado y manipulado a los hechos y a los afectados para crear una excusa con la que menoscabar a su partido y su acción.
Los problemas reales de San Fernando de Henares desaparecieron detrás de un velo y la visión de los enemigos es la única que le debió de llenar de razones e inspiración la noche anterior mientras elaboraba mentalmente y escribía su discurso.
Visto desde fuera de su burbuja, el político popular aparece extirpado de empatía, sin compasión y destilando un desprecio y odio solo comprensible en aquel que está a punto de cruzar una frontera; la que, tras asistir al juicio por genocidio del alemán Eichmann, describió y bautizó la filosofa alemana Hanna Arendt como “la banalidad del mal”.
Detrás de ese paso fronterizo el sentido crítico está muerto y la fe en los postulados y líderes de tu organización te hacen no reflexionar sobre tus actos y sus consecuencias, y simplemente se sigue lo dictado hasta extremos inquietantes.
El caso de este diputado europeo no es aislado, el movimiento reivindicativo de estos afectados por el metro está rompiendo algunas costuras y revelando actitudes y comportamientos entre otros miembros de su partido; su tenacidad en visibilizar la injusticia y el maltrato institucional que sufren por parte de las autoridades de la Comunidad de Madrid los posicionan como una amenaza -en tiempos electorales- a la credibilidad del gobierno regional y especialmente al PP que ha estado en el origen del problema (hace 15 años) y que está desde entonces está en la no-gestión de la posible solución. Sus acciones de queja y protesta (en las calles y en las instituciones) se están intentando neutralizar pero, sobre todo, se están intentando deslegitimar.
Para ello, el PP ha elaborado un relato, que la Presidenta de la Comunidad ha difundido con toda naturalidad, en el que los vecinos afectados han pasado de ser víctimas a victimarios; ocultos bajo sus desdichas en realidad se esconden peones ejecutores de un capítulo más del gran plan conspirativo que quiere apartar al Partido Popular de su imprescindible función de garante del orden, la verdad, la justicia, la libertad y la integridad de España. Cuanto más superior es la “causa” que llevas a cabo, mayores son las barbaridades que están justificadas llevarse a cabo para salvaguardarla.
El relato se ha difundido por los medios de comunicación y se ha encarnado en los simpatizantes, militantes y cargos de la organización que replican afirmaciones desmesuradas y superlativos. Nada nuevo bajo el sol de la comunicación política, si no fuera por la profunda desconexión con la pluralidad de la realidad que se intuyen en estas proclamas con las que actualmente demonizan con saña a los afectados por el metro (como también lo hacen con los sanitarios en huelga).
Para convivir con la contradicción (la de convertir en verdugos a las víctimas) es necesario cargarse de un sofisticado paquete de coartadas y mezclar algunos argumentos en los que se creen junto a falsedades hasta hacer verosímil lo imposible. Finalmente, el “otro” no solo no tiene razón, si no que es veladamente destructivo y maligno y busca el final de aquello que tú representas y defiendes con altura de miras, tu significante, la gran “Causa”.
Si el Partido Popular continúa coqueteando en esta frontera que lleva al territorio donde habita la banalidad del mal, no solo va a quedar inhabilitado para seguir siendo un instrumento asegurador de la libertad en la formación de la voluntad política y social del país, sino que se puede convertir en una amenaza para la democracia, con una defensa sociópata y extremadamente egoísta de sus intereses de grupo en total confrontación con los intereses colectivos del Estado.
Juan Antonio Castrillo es politólogo-sociólogo y miembro de Más Madrid Coslada
