Silvia Tasende (52) es gallega, concretamente de Carballo (A Coruña), y eso la define por encima de muchas cosas. Escritora desde que pudo sujetar un boli, fue finalista en diciembre pasado del Certamen de Poesía Xosé M. López ‘Ardeiro’ con Pel memoria (‘Piel memoria’). Pero antes, mucho antes, estudió periodismo y trabajó en el mundo de la comunicación. Hasta que llegó su primer hijo. Lo que parecía algo natural, ser madre, se convirtió en un «agujero negro» de dificultades que le costó la profesión y el sustento.
Mujer, madre, separada y sola, a Silvia le tocó reciclarse y volver a estudiar. Desde hace un par de años, tras aprobar una oposición para profesores, imparte clases de Literatura -su otra pasión- en un instituto de A Coruña. La calma le ha permitido publicar su primera novela, O espírito das maceiras (‘El espíritu de las manzanas’), en la que trae a la memoria un pasado que está desapareciendo. Hablamos con su autora de la importancia de los recuerdos y del camino que ha recorrido antes de ver los suyos impresos.

P.: Silvia, acabas de publicar tu primera novela, aunque llevas escribiendo desde siempre. ¿Por qué no has publicado antes?
R.: Porque no estaba preparada. Hace 10 años, me llegó la maternidad, que fue una maternidad deseada, pero no por eso fue una maternidad que preveía con todas sus consecuencias. Cuando tuve a mis hijos, no había guarderías públicas para todo el mundo en Galicia. Así que me encontré con una situación que me sobrepasó por determinadas circunstancias. Entre ellas, la enfermedad de uno de mis hijos. Con esto, el acceso a los trabajos era cada vez más limitado y los que encontraba eran temporales y cada vez peores. Todo ello coincidió con un momento de muchos cambios a nivel personal, incluida una separación.
P.: ¿Así que de escribir, nada?
R.: Ufff, fue una época muy dura en la que no pude escribir porque tenía que sobrevivir. Bastante era ya eso con dos niños pequeños y estudiar para la oposición a la que me presenté. Porque decidí que merecía una estabilidad y mis hijos también. Así que me centré en ello con mucho esfuerzo. Al final saqué las oposiciones de profesora de Literatura aquí en A Coruña y he partido de cero en algo totalmente nuevo que también tiene su cara y su cruz. Me he dado cuenta de que el aula es una ventana al mundo en la que el periodismo me ha servido mucho. Además, estás con las nuevas generaciones, te enfrentas a su manera de hablar, a las nuevas tendencias, a sus intereses, a cómo se comunican entre ellos. Para escribir es muy inspirador porque te obliga a estar muy al día.
P.: Hablas de la maternidad como de un ‘tsunami’. ¿También lo fue profesionalmente?
R.: Hasta que llegaron mis hijos, no tuve problema. Pero es verdad que para mí la maternidad ha sido un agujero del que estoy saliendo 10 años después. Esto suena muy mal, porque parece que no quieres a tus hijos. Nada de eso. Los quiero como a nada en el mundo, pero les hubiese querido igual sin tantas dificultades. Lo que quiero decir es que yo he pagado un precio muy alto por ser madre. La sociedad dice que necesita niños para pagar las pensiones, pero no lo puedes poner tan difícil. Si quieres mantener tu trabajo, tienes que ser competitiva, competente y flexible como te pide el mercado y, además, cuidar. Han mejorado mucho las cosas, no lo discuto, pero sí creo que la maternidad sigue teniendo un peso negativo en nuestras aspiraciones. Estamos tan educadas en asumir esa carga mental de cuidados que anulamos todo lo demás.

P.: ¿Crees que eres un ejemplo de que siempre es buen momento para volver a empezar, Silvia?
R.: No sé si ejemplo. Lo que sé es que estoy tranquila y que estoy agradecida. Quizá sea la edad y que sé lo que quiero, lo que me da calma. Es verdad que por fuera, los años te arruga, pero por dentro es todo liso. Ahora, tengo trabajo estable, mis hijos están bien, estoy haciendo lo que quiero que es escribir, conectando con gente y aprendiendo muchísimo. Estoy agradecida de todo y atreviéndome a hacer cosas que antes no me atrevía a hacer.
P.: Entre ellas, publicar ‘O espírito das maceiras’ (‘El espíritu de las manzanas’).
R.: Sí. Es una novela sencilla y corta que está gustando y conectando con mucha gente. El punto de partida es el de una chica que hereda una casa familiar y no sabe qué hacer con ella. Esa casa tiene asociados muchísimos recuerdos y, a partir de ahí, ella viaja atrás en el tiempo. Viaja a su infancia, a la de sus padres, a la de sus abuelos y a la de la los vecinos, porque es una historia coral, en la que tiene mucha importancia el peso de la comunidad. Cada personaje aporta con sus rarezas y particularidades. Cada uno es absolutamente singular y los hay bastante fascinantes, inspirados algunos en la realidad.


P.: Es un viaje a tu niñez, Silvia.
R.: Totalmente. Yo tuve la suerte de pasar mucho tiempo en la aldea de mi padre y de mi abuela. Conecté con muchas generaciones sin pretenderlo. Ahora, todo lo que describo en la novela está desapareciendo, incluido esa reserva lingüística natural que se guardaba en las aldeas. El título, precisamente, hace referencia a todos los septiembres en los que mis hermanos y yo recogíamos las manzanas con mi padre. Él nos enseñó a hacerlo sin que se rompiera ninguna rama y, de pequeña, pensaba que mi padre estaba poseído por el espíritu de los manzanos. Aprendí mucho de aquello para la vida. Por ejemplo, que ninguna manzana era mala. Todas servían para algo, o para asar o para compota o para comerlas directamente. Las mejores, las subíamos al desván colocadas mirando a la luna y allí pasaban el invierno. Recuerdo el olor a manzana y a tierra. Todo esto me ha hecho deudora de la cultura que viví y trato de transmitir mis hijos.
P.: Y para el nuevo futuro, ¿cuáles son tus planes?
R.: De momento, mis hijos me necesitan todavía mucho y gran parte de mi tiempo sigue siendo para ellos. En función de ello, hago promoción de O espíritu das maceiras siempre que puedo. Desde luego, tengo claro que quiero seguir escribiendo y ya veremos si publicar. Si tengo que elegir, me veo más en la poesía, porque me parece que es la escritura más íntima, pero preferiría no tener que hacerlo, la verdad. Me gusta lo que supone cambiar de registro y de idioma, porque me ayuda a seguir aprendiendo, a profundizar y a cambiar de temáticas. Y, desde luego, me ayuda a ponerme retos y no repetirme.
