La violencia machista lleva décadas generando jurisprudencia en España. Sentencia a sentencia, el Tribunal Supremo ha ido construyendo un cuerpo de doctrina que obliga a los jueces a mirar de otra manera cuando una mujer comparece como víctima.
Les fuerza, si así se quiere ver, a entender que el miedo tiene su propia lógica, que el silencio no es mentira, que la tardanza en denunciar no es inverosimilitud. Esa doctrina escrita y publicada estaba, no obstante, dispersa, fragmentada en decenas de resoluciones que cada tribunal debía rastrear y ensamblar por su cuenta.
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