La periodista y activista María Pozo, más conocida como 'Barbijaputa'.

Lleva ocho años -nueve temporadas- escuchando testimonios de mujeres, recogiendo sus experiencias y haciendo recomendaciones feministas. Es un material que a María Pozo Baena, escritora y activista, más conocida en redes como ‘Barbijaputa’, le ha servido para ir construyendo los casi trescientos episodios de su podcast ‘Radiojaputa’ en los que solo hablan mujeres.

Así, entre conversación y conversación, entre vivencia y vivencia, fue llegándole también un patrón de mensajes que no conseguía quitarse de encima. El de mujeres agredidas sexualmente por sanitarios que, a diferencia de otras víctimas de otras violencias, no conseguían nada, a pesar de las quejas y las reclamaciones. Ni una condena, ni una investigación interna. Tan solo una vaga respuesta si acaso.

María Pozo Barbijaputa
Un mujer en una consulta de ginecología.

Víctimas del mismo agresor que denuncian juntas

Fue hace algo más de un año, sin embargo, cuando María decidió pasar de la escucha a la acción y emplear los testimonios para hacer de punto de conexión entre las víctimas. Son las mujeres las que contactan con ella a través de un teléfono que gestiona en solitario, que tiene huella dactilar y al que no tiene acceso nadie más que ella.

Si la víctima nombra al agresor en su mensaje, María lo registra junto a la especialidad, el lugar, la fecha y las observaciones que la mujer quiera aportar. De esta forma, cuando varias denuncian al mismo, las pone en contacto entre sí.

«Lo que intento”, nos cuenta al otro lado de la línea, “y de hecho ya hemos conseguido, es poner en contacto a mujeres que han nombrado a la misma persona. Y ya hay denuncias en curso contra profesionales sanitarios. Porque no es lo mismo enfrentarte a un sanitario con solo tu testimonio que hacerlo con más mujeres.»

El efecto bata blanca

En estos casos de agresión sexual, como en el resto que sufren las mujeres, hay un claro desequilibrio de poder que en el de los sanitarios se amplifica. Fundamentalmente, por la autoridad técnica del profesional, el aislamiento físico de la consulta y la vulnerabilidad de quien acude buscando atención médica. Este es el caldo de cultivo que ‘Barbijaputa’ ha identificado como estructural, no excepcional. Y lo que le da la razón a la influencer son la inexistencia de datos específicos.

María Pozo Barbijaputa

Porque en España no existe un registro unificado de delitos sexuales cometidos específicamente por profesionales sanitarios contra pacientes. De hecho, los datos disponibles sobre agresiones en el ámbito sanitario recogen únicamente los ataques sufridos por profesionales, no los cometidos por ellos. De hecho, las estadísticas del Ministerio de Sanidad, el Informe sobre Delitos contra la Libertad Sexual del Ministerio del Interior y los observatorios colegiales miden esta dirección del daño, no la otra.

Por tanto, se agranda el silencio de las víctimas y el poder del agresor. «Si ya los hombres tienen ese privilegio de tener credibilidad por encima de la palabra de las mujeres, imagínate un hombre con el efecto bata blanca en una consulta a puerta cerrada donde solamente están las dos personas. No hay testigos, con lo cual al final es una percepción o una interpretación de la mujer, aunque el abuso sea tremendo y asqueroso», constata la periodista.

Apenas sentencias condenatorias

La consecuencia lógica de esta falta de interés por las agresiones sexuales de un gremio que se nutre de la confianza y del prestigio social, se escenifica en los tribunales de justicia. Apenas llegan a sus salas casos de este tipo y aun son menos los que acaban en condena dando una idea del alcance del problema. En enero de 2025, la Audiencia de Las Palmas condenó a un médico por 26 delitos de abusos sexuales cometidos entre 2010 y 2019, aunque el máximo de cumplimiento efectivo se fijó en cinco años y tres meses.

También en Canarias, el Tribunal Supremo ratificó una pena de 48 años de prisión contra un médico por abusos a diez pacientes describiendo su consulta como «un subterfugio para crear un falso ambiente de exploración médica» con el fin de «violentar la libertad sexual de las mujeres que acudían confiadas en la praxis médica del facultativo que las atendía».

Solo dos condenas excepcionales en un universo de casos que, según ‘Barbijaputa’, se cuentan por cientos en la base de datos que ella misma gestiona, sin haber hecho publicidad alguna más allá de sus redes sociales.

Mujeres de cualquier edad

Mientras María daba forma a la idea de hacer algo efectivo con los testimonios, pensó que las mujeres le hablarían de abusos relativamente recientes en el tiempo. Pero se encontró con una realidad que, según sus palabras, «supera la ficción».

Porque, según nos relata, hay mujeres que describen hechos ocurridos en la década de los 80, que no recuerdan ni el nombre ni la cara del agresor, pero que contarlo les hace sentir mejor. También hay experiencias vividas por mujeres de todas las edades que no quieren denunciar porque el agresor lleva años muerto, pero que necesitan sanar. Y, luego, explica, casos que van más allá de lo imaginable.

«Tenemos varios de mujeres que despertaron de una cirugía con semen encima. Están en un momento de su vida en el que temían por su vida, se despiertan, y se encuentran con que un hombre ha eyaculado sobre ellas. ¿Quién ha sido? ¿El médico? ¿El enfermero? ¿El celador? Y la rabia queda sin resolver, porque ¿quién coño ha sido?».

María Pozo Barbijaputa
Pantallazo de la lista que maneja María Pozo, ‘Barbijaputa’, sobre las especialidades médicas de los agresores sexuales denunciados en los testimonios de las víctimas. Imagen facilitada por la ‘influencer’.

Todas las especialidades médicas y el mismo patrón

Hematología, Trauma, Medicina de Familia. Ninguna especialidad se libra, aunque Ginecología y Fisioterapia aparecen con más frecuencia. No en vano son disciplinas en las que el cuerpo de la paciente es el objeto directo del trabajo. Sin embargo, la lista negra va mucho más allá, relata María.

«Tenemos a oncólogos como agresores sexuales de pacientes con cáncer. De pacientes que están acojonadas, que están pasando miedo, temiendo por su vida, pensando que quizás no vayan a ver más a sus hijos. Y ellos aprovechan ese momento de parálisis y de vulnerabilidad para abusar de sus cuerpos sexualmente«.

María Pozo Barbijaputa

A tal aberración, se une un patrón sistemático y concreto que describe con precisión técnica cómo ejercen estos sanitarios el abuso. «Cuando hay fluidos de por medio, el médico está obligado a usar guantes. Muchos cometen abusos introduciendo los dedos o las manos en la vagina o el recto de las pacientes sin guantes. Hay también mujeres que han contado que el profesional se pone el guante para que tú lo veas y luego se lo quita. Es como el stealthing, hacerte creer que se han puesto el preservativo que después se quitan.»

Los colegios profesionales: silencio y protocolos al revés

Una de las preguntas centrales de este reportaje era saber qué hacen las instituciones colegiales cuando uno de sus miembros es señalado por una agresión sexual. La respuesta, en los tres casos contactados, fue reveladora por sí misma.

El Consejo General de Colegios Oficiales de Médicos de España (CGCOM) no ha respondido a ninguna de las comunicaciones enviadas por este medio. Nuestra intención era conocer si existe algún protocolo de actuación ante el conocimiento de que alguno de sus integrantes haya cometido este tipo de delitos contra pacientes.

Por su parte, el Consejo General de Enfermería (CGE) nos remitió a Tayra Velasco, presidenta de la Comisión Deontológica Nacional del CGE, pero no nos confirmó la cita propuesta para ayer lunes, por lo que, tras esperar varios días, decidimos seguir adelante con el reportaje sin su testimonio.

María Pozo Barbijaputa

En cuanto al Consejo General de Colegios de Fisioterapeutas de España (CGCFE), hay que decir que sí respondió. No obstante, lo hizo con una aclaración que, sin pretenderlo, lo dice todo. Su Observatorio de Agresiones, de reciente creación, tiene como finalidad «registrar, analizar y realizar el seguimiento de agresiones, acoso, abuso o discriminación sufridos por profesionales de la Fisioterapia en el ejercicio de su actividad».

Así, estas formas de ponerse de perfil ante un problema estructural, es una constante que la influencer ha comprobado a lo largo de este tiempo tras revelar las especialidades y sectores sanitarios implicados. «Nadie», lo dice con mucha indignación, «se ha puesto en contacto conmigo para decirme: hemos visto que hay muchos profesionales ahí metidos y creemos que es un problema a tratar. Sé que lo saben. Este asunto ha dado muchas vueltas en redes y hay muchos reenviados. Lo que están haciendo es como que no saben, como que no se han enterado.»

El feminismo como trampolín

Una de las dimensiones más reveladoras de la iniciativa de María Pozo o ‘Barbijaputa’ es la influencia de la explosión feminista de la última década sobre las mujeres de todas las edades. Mujeres que, en muchos casos, no habían nombrado lo que les pasó y que el “feminismo ha hecho posible que lo desvelen ahora», nos explica.

Porque hasta el momento actual, la pauta que ha definido la actitud de las mujeres que no lo contaron es la del enterramiento. Es decir, «nosotras», aclara María, «hacemos eso porque somos agredidas muchas veces, no solo una vez en la vida y de muchas formas diferentes. Vamos enterrándolo para seguir adelante. Pero llega un punto en que el contacto con el feminismo y el discurso de ‘no normalices, han abusado de ti’ hace que reflotes todos esos recuerdos.»

Recuerdos que muchas mujeres ni siquiera habían identificado como agresiones, porque nadie les había dado el marco conceptual para hacerlo.

Una intermediaria, no una jueza

Así las cosas, y con toda la implicación que conlleva esta iniciativa, María es precisa sobre lo que hace y lo que no hace. No publica nombres. No señala públicamente. No toma decisiones sobre la veracidad de los testimonios. No se lucra. Su papel es el de intermediaria entre mujeres que han vivido experiencias similares con el mismo agresor, para que ellas puedan decidir si quieren actuar colectivamente.

Antes de lanzarse, y dada su experiencia judicial anterior, consultó con una abogada. Para protegerse a sí misma, pero también a las víctimas. La respuesta fue clara: sin publicar nada, sin señalar a nadie, no hay nada por lo que puedan actuar contra ella.

Un juicio para silenciar una voz disidente

María sabe lo que cuesta sostener algo así. Sabe de lo que son capaces quienes se sienten amenazados por el feminismo. No en vano ha pasado por un proceso judicial de seis años del que salió absuelta en febrero de 2025. Entonces, el tribunal declaró vulnerado su derecho de defensa e, incluso, inventada la acusación.

Ese proceso, que ella describió como un «coladero de locuras», no le cierra la boca ni le paraliza. Eso sí, la ha hecho más prudente y consciente: «Cuanto más grande se hace esto, más me asusta. Pero no por eso lo voy a dejar de hacerlo. Eso lo tengo súper claro.»

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