investigación en salud femenina
Un médico con un enfermo (Foto: CAM)

Que las mujeres vivan más años que los hombres podría leerse como una buena noticia. No lo es, o no del todo. Las mujeres viven más años que los hombres, pero también lo hacen con más enfermedades, con dolor crónico mayor y durante más tiempo en mala salud.

Este desfase no es biológicamente inevitable. Tiene una causa documentada, estructural y corregible. Y es que, durante décadas, la ciencia médica construyó su conocimiento sobre cuerpos de hombre y extrapoló los resultados a las mujeres como si la diferencia fisiológica entre sexos fuera un detalle menor.

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Ahora, el Gobierno ha puesto nombre a ese problema y pretende solucionarlo. Lo ha llamado ‘Somos. Contamos: fin de la discriminación de las mujeres en la investigación de la salud‘ y lo ha presentado hoy mismo el presidente Pedro Sánchez. Además del nombre, Sánchez ha anunciado que triplicará la inversión en I+D destinada específicamente a la salud de las mujeres hasta alcanzar los 18 millones de euros anuales.

Expulsadas de la investigación y ensayos clínicos

La iniciativa, articulada a través del Centro para el Desarrollo Tecnológico y la Innovación (CDTI), el Instituto de Salud Carlos III y la Agencia Estatal de Investigación, abordará patologías como la endometriosis, la menopausia, la salud cardiovascular y los trastornos de salud mental. El acto de presentación se ha llevado a cabo en la sede de la Fundación Ortega-Marañón, antigua Residencia de Señoritas, el primer centro oficial en España dedicado a impulsar la formación universitaria de las mujeres.

Lo que el programa pretende corregir tiene nombre técnico y se llama sesgo androcéntrico en la investigación biomédica. Y este nombre lo envuelve todo. Incluidos los ensayos preclínicos de medicamentos que se llevaron a cabo mayoritariamente con ratones macho, porque los investigadores consideraban (aún lo hacen) que los cambios hormonales del ciclo menstrual dificultaban la interpretación de los resultados.

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La misma lógica se trasladó, posteriormente, a los ensayos clínicos. Así que el debate sobre la exclusión sistemática de las mujeres de esta parte de la investigación médica existe en la bibliografía científica desde principios de los noventa. De hecho, en Estados Unidos, la inclusión de mujeres en la investigación clínica no se reguló hasta 1993.

Consecuencias perjudiciales para las mujeres

Las consecuencias no son abstractas. Para empezar, hay datos que revelan que a las se les realiza menos pruebas diagnósticas invasivas, menos derivaciones a cardiología y tratamientos menos intensivos en enfermedades cardiovasculares, que a los hombres, incluso cuando presentan síntomas compatibles.

Estudios recientes han revelado que las mujeres que sufren infartos -los sufren en la misma proporción que el sexo masculino- tienen un 50% más de probabilidades que los hombres de recibir un diagnóstico inicial erróneo. Un sesgo que ha provocado miles de muertes innecesarias.

Pero si hay una enfermedad femenina oculta por excelencia esa es la endometriosis, que concentra con especial crudeza este fracaso sistémico. Y eso que afecta a entre el 10 y el 15% de la población femenina en España —más de dos millones de mujeres— y, según datos de la Organización Mundial de la Salud, aproximadamente a una de cada diez mujeres en edad reproductiva.

Más de 10 años en recibir un diagnóstico

A pesar de esa prevalencia, la media europea para obtener un diagnóstico efectivo desde que una mujer acude al médico manifestando síntomas es de 10 a 12 años. Una década de dolor normalizado. Eso, en el siglo XX. Las mujeres de generaciones anteriores sufrieron martirios mensuales y estigmas sociales sin una mirada médica que indagara sobre el dolor.

La ministra de Ciencia, Innovación y Universidades, Diana Morant, reconoció en el acto que ella misma tardó años en saber que su dolor tenía nombre el nombre de endometriosis.

La Comisión Europea ha identificado hasta 137 áreas de ciencia y tecnología en las que el análisis de género podría ser beneficioso para la investigación y la OMS incluye entre sus prioridades el estudio del género como causa de desigualdad sanitaria. El programa español llega, pues, avalado por un consenso científico internacional que lleva tiempo señalando el problema. Lo que ahora se anuncia es que el Estado español lo asume como responsabilidad propia y lo dota de financiación específica y sostenida.

Vida más longeva pero más enferma

La pregunta que queda abierta es si 18 millones anuales bastan para compensar el coste de décadas de infrainvestigación. Lo que sí está documentado es el coste de no hacerlo.

Sin ir más lejos, las cifras del Instituto Nacional de Estadística (INE) para 2023 revelan que las mujeres en España viven de media 5,2 años más que los hombres, pero solo el 71,6% de esos años transcurren en buena salud. En el caso de los hombres, sin embargo, es de 76,9%.

Vivimos más, eso está claro, pero una parte mayor de esa vida lo hacemos enfermas. Eso no es biología, es el resultado acumulado de una ciencia que durante demasiado tiempo investigó medio cuerpo humano.

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