La violencia sexual facilitada por drogas o alcohol en entornos de fiesta se ha convertido en uno de los principales problemas de salud pública entre la población joven en España.
Ahora, una investigación liderada por el Departamento de Salud Pública y Materno-Infantil de la Universidad Complutense de Madrid (UCM) pone el foco en un factor poco explorado hasta ahora. Este es el consumo de pornografía que representa escenas de sexo no consentido con personas dormidas, inconscientes o bajo los efectos de sustancias psicoactivas.

El estudio, publicado en la revista científica JMIR Public Health and Surveillance, analiza una muestra representativa de 1.601 personas de entre 18 y 35 años residentes en España. Y confirma una relación significativa entre la exposición a este tipo de contenidos pornográficos y la violencia sexual facilitada por drogas (DFSA, por sus siglas en inglés).
El ‘porno’ es cosa de hombres
Los datos del estudio -elaborado por el equipo de investigación formado por Pablo Prego-Meleiro, Guadalupe Pastor-Moreno, Irantzu Recalde-Esnoz y Luis Sordo– revelan, además, que el consumo de pornografía está ampliamente extendido entre la juventud. Con datos exactos, lo que pone de manifiesto es que dos de cada tres personas encuestadas reconocen haberla consumido en el último año.
Cerca del 85% de quienes afirman haber accedido a contenidos pornográficos son hombre, frente al 49% de las mujeres.
Mientras, la brecha de género a ese respecto es clara. El 84,7% de los hombres frente al 48,6% de las mujeres afirma haber accedido a este tipo de contenidos. Además, el consumo intensivo es mayoritariamente masculino, con el 44% de los hombres consumiendo pornografía a diario o varias veces por semana. Sin embargo, en este mismo apartado, en mujeres, la cifra cae hasta el 5%.
Cifras aparte, el dato más preocupante que se desprende de esta investigación es el tipo de pornografía que consumen. En este sentido, el 22,2% de los hombres y el 11,3% de las mujeres admiten haber buscado de forma intencionada pornografía que recrea situaciones de sumisión química.

Es decir, escenas en las que la persona no puede consentir porque está inconsciente, dormida o intoxicada por alcohol u otras drogas. Este consumo, por cierto, aumenta a medida que se incrementa la frecuencia general de acceso al porno entre quienes lo consumen de forma habitual. En datos, de las personas encuestadas, casi una de cada tres reconoce haber visto este tipo de contenido.
El consumo de ‘porno’, un peligro incipiente
La investigación muestra que esta exposición no es inocua. Tras ajustar los resultados por variables sociodemográficas, se establece que las personas que consumen pornografía con escenas de sumisión química tienen casi cuatro veces más probabilidades de haber perpetrado una agresión sexual de este tipo en contextos de fiesta.
Esta asociación también aparece en el caso de la victimización. Es decir, que quienes consumen este contenido presentan un riesgo 86% mayor de haber sufrido violencia sexual bajo los efectos de sustancias.
Una de cada dos mujeres y uno de cada cuatro hombres jóvenes en España ha vivido al menos un episodio violencia sexual en entornos de ocio nocturno.
El estudio confirma, además, que la violencia sexual facilitada por drogas es una experiencia ampliamente extendida entre la juventud. Investigaciones previas ya habían alertado de que una de cada dos mujeres y uno de cada cuatro hombres jóvenes en España ha vivido al menos un episodio de este tipo en entornos de ocio nocturno.
Y en ellos, la combinación de consumo de alcohol, expectativas sexuales y normalización cultural de prácticas violentas crea un escenario de especial vulnerabilidad.
Las mujeres, principales víctimas
Desde una perspectiva de género, los resultados vuelven a mostrar un impacto desigual entre hombre y mujeres en lo referente a quién ejerce la violencia y quién la recibe. En el primer caso, ellos concentran la mayor parte, mientras que las mujeres presentan una probabilidad mucho mayor de victimización.
También se observan mayores riesgos entre personas no heterosexuales, jóvenes con menor nivel educativo y población de origen extranjero. Y esto pone de manifiesto la implicación de múltiples desigualdades.

Es importante destacar que el trabajo subraya el papel que juega la pornografía como fuente de aprendizaje sexual ante la falta de una educación afectivo-sexual suficiente y de calidad.
De hecho, en España, solo una minoría de jóvenes se declara satisfecha con la educación sexual recibida. Mientras, alrededor de la mitad reconoce recurrir al porno para entender cómo son las relaciones sexuales.
Aprenden a dominar y cosificar
El problema, señalan las autoras y autores, es que buena parte de estos contenidos transmiten guiones sexuales basados en la dominación, la cosificación y la ausencia de consentimiento. Especialmente cuando se mezcla con el consumo de alcohol o drogas.
Aunque el diseño del estudio no permite establecer una relación causal, la evidencia apunta a una correlación preocupante entre la normalización de la violencia sexual en el porno y su reproducción en la vida real.
Por ello, el equipo investigador insiste en la urgencia de desarrollar estrategias de salud pública que incorporen alfabetización mediática, educación en consentimiento y una mirada crítica sobre la pornografía. Sin olvidar el refuerzo necesario de la responsabilidad de las plataformas digitales en el control de contenidos violentos.
