Blanca, Kathy, Linda y Natalia forman parte de un grupo de Whatssap aun más numeroso al que han bautizado como ‘Las paquitas‘. Lo han elegido en honor a la obra ‘Paquita’, que están preparando en la clase de ballet para adultos de un centro de Madrid, junto a su profesora, Beatriz Bazo.
Todas, salvo ‘la profe’, superan los 40, y alguna, incluso, llega a los 73. No son profesionales, y, o bien, acaban de iniciarse hace apenas pocos años, o lo practican después de décadas de abandono.

Salvo excepciones, todas comenzaron con el propósito de cuidarse, estar en forma y bailar. Posiblemente, con la idea de empezar a sentir sus beneficios antes de entrar en esa edad en la que llegan los cambios asociados a la menopausia.
Pero también, porque supone un reto eso de ir contra la idea preconcebida, antigua y tradicional de que, a determinada edad, hacer según qué cosas carece de sentido.
«Ese es un error muy típico de quienes piensan que la edad es un límite para iniciarse en el ballet o en cualquier otra cosa», explica tajante Laura Garrido Díaz, fisioterapeuta especialista en Artes Escénicas, en la Clínica Fisioescénica de Madrid, y bailarina profesional.
«Al contrario», añade, «el ballet lleva toda la vida trabajando la fuerza, el equilibrio, la coordinación, la memoria y la elasticidad, y en estas pautas se basan una gran cantidad de actividades físicas que ahora están de moda y tanto se recomiendan».
Laura añade un detalle importante a los beneficios del ballet: «como tal, es una manera muy funcional y artística de moverse porque combina ejercicio físico y música y como se practica en grupo, aporta cohesión y felicidad».
La felicidad y el bienestar mental claves del ballet
Esa felicidad de la que habla Laura es la palabra más repetida entre Las paquitas, a la que suman el concepto «bienestar mental».
Natalia, administrativa de 51 años, reconoce ambos estados cada vez que finaliza una clase. Y aunque admite que «el ballet es un ejercicio durísimo», el esfuerzo le compensa con creces por los cambios positivos que nota en su cuerpo, y porque está descubriendo lo lejos que puede llegar.
‘Felicidad’ es la palabra más repetida entre Las paquitas, a la que suman el concepto ‘bienestar mental’.
No solo tiene más fuerza, sino que además, se siente más ligera, más estirada «y no me duelen las piernas», algo que antes le sucedía a menudo.
Por su parte, Blanca -fotografía de abajo a la derecha (42 años)-, Psicóloga Clínica en un hospital público, pone el foco en el aspecto más emocional. Para ella, la práctica del ballet le facilita encontrar soluciones a problemas diarios cuando sale de clase. Lo achaca a la hora y media de concentración en el ejercicio y en la música, «que me despeja la mente y me permite pensar después».


Aunque ya practicó ballet durante su infancia y adolescencia, ha sido en la edad adulta cuando Blanca ha descubierto que las clases son «un espacio muy propio en el que solo estoy yo y lo de fuera se queda fuera». Físicamente, no tiene dudas tampoco, y coincide con Natalia: «Estoy más dura, más tonificada y con más fuerza«.
Katy: «El ballet me aporta paz mental, felicidad, diversión, trabajo físico y disciplina, pero sobre todo felicidad».
Mientras, a Kathy Marti (en la fotografía de arriba a la izquierda), de 46 años, y directora de producción cinematográfica, le faltan palabras para definir con exactitud lo que significa para ella el ballet. Tanto, que, inicialmente, suple con un «todo», las mil sensaciones que le regala esta disciplina. Segundos después, encuentra las palabras y, sin pensarlo, enumera de carrerilla «la paz mental, la felicidad, la diversión, el trabajo físico y la disciplina, pero sobre todo la felicidad».
Kathy es de las pocas que terminó la carrera de ballet, aunque nunca se ha dedicado profesionalmente a bailar. Lo que sí ha hecho es retomar la práctica siempre que ha podido, para no perderse esa sensación de «paz mental», repite, que le invade cuando empieza la música.
Aumentan la oferta y el interés por el clásico
De todas las mujeres que se unen para hacer ballet clásico, al menos una vez a la semana, Linda es la de más edad. Tiene 73 años, es profesora de inglés en activo y, antes de jubilarse, fue bailarina profesional.
Solo lo dejó cuando nacieron sus hijos, y de eso hace ya 37 años, edad de la más pequeña de los dos que tiene. Ha recorrido toda Europa y Asia bailando sobre los escenarios, y cree que el ballet incide también en el bienestar «espiritual». «En mi caso, por ejemplo, me quitó la vergüenza», afirma entre risas.
Ahora, se felicita de poder seguir con su pasión gracias al aumento del número de centros que ofrecen ballet para adultos, «incluso para aquellos que no lo han hecho nunca», explica encantada.

En la región hay cerca de 130 academias o escuelas de ballet, aunque la mayor concentración de la oferta se sitúa en la capital.
Un 20% más de interés por el ballet entre adultos
La apreciación de Linda la confirman los datos. Aunque hay pocos registros sobre el tema, las páginas especializadas arrojan un número significativo de escuelas que hacen huecos en su programación para impartir clases a adultos en todos los niveles. Son cerca de 130 en la Comunidad de Madrid, aunque la mayor concentración de la oferta se sitúa en la capital.
Oferta y demanda van unidas siempre, de forma que es fácil pensar en un aumento del número adultos interesados por las clases de ballet.
No hay datos oficiales que lo corroboren, pero un pequeño sondeo realizado por Noticias para Municipios entre 10 centros madrileños arroja datos significativos: tras la pandemia por el COVID-19 y hasta hoy, las solicitudes de información entre este segmento de edad se incrementó un 20%.
La mayor parte se corresponde con mujeres, cerca del 95%, aunque las escuelas contactadas han detectado un pequeño incremento entre los hombres más jóvenes.
Tras ‘Las paquitas’, una profesora de 24 años
Beatriz Bazo, la profesora, tiene 24 años, es bailarina profesional y lleva cerca de tres impartiendo clases de ballet a adultas. Es la que está detrás de ‘Las paquitas’, y no hace mucho se licenció en danza por la Universidad Rey Juan Carlos, título que completa toda una vida de formación escénica.

Hace apenas dos años, Bea comenzó a enseñar a este grupo de mujeres, por entonces pequeño, desde el nivel «cero cero». Grupo y nivel han ido creciendo exponencialmente. Tanto, que a día de hoy, se atreven con el repertorio del ballet ‘Paquita’, versionado por el coreógrafo francés Marius Petipa, en 1882.
Aunque Bea adapta la coreografía a las características de sus alumnas, eso no le resta dificultad, ya que el nivel de exigencia técnica para su realización es alto. De ahí, que para obtener resultados, ‘Las paquitas’ le pongan tesón y constancia.
‘Paquita’ es un ballet versionado por el coreógrafo francés Marius Petipa, en 1882.
Objetivos paso a paso
Por esas y otras razones más, Bea confiesa sentirse una profesora «orgullosa», al observar cómo están sacando el repertorio adelante «muy satisfactoriamente», gracias a su alta motivación.
En el fondo, son ellas las que marcan el ritmo de los avances bajo la atenta mirada de la joven profesora. A veces, surgen ideas algo locas que Bea trata de controlar, porque conoce las demandas técnicas que entraña el ballet y los pasos previos que hay dar antes de avanzar al escalón siguiente.
Aun con eso, Bea está siempre dispuesta a dar un salto más junto a estas mujeres, para las que el ballet se ha revelado como una forma de retarse a sí mismas. ¿Lo siguiente? Interpretar Paquita sobre un escenario -algunas por primera vez- como forma de demostrarse que pueden y que la edad no es un límite.
