El 2 de mayo se cumplieron 50 años –solo 50 años- de la derogación de la denominada ‘licencia marital’ en España. Una herramienta legal que, hasta 1975, subordinaba a las mujeres casadas a la autoridad de sus maridos. Este cambio legislativo marcó un hito en la lucha por la igualdad de género y sentó las bases para los avances en derechos de las mujeres en las décadas siguientes.
¿Qué era la licencia marital?
La licencia marital era una figura jurídica que requería que las mujeres casadas obtuvieran el consentimiento de sus esposos para realizar actos legales y patrimoniales, o de sus padres, si eran solteras. Esto incluía abrir una cuenta bancaria, firmar contratos, trabajar, viajar, obtener el carné de conducir o incluso presentar una denuncia.
Esta figura legal, vigente en el Código Civil de 1889, trataba a las mujeres como menores de edad, considerándolas dependientes de sus padres o maridos, lo que limitaba su capacidad de obrar en la vida pública y privada.

Aunque durante la Segunda República se produjeron ciertos avances, la llegada de la dictadura franquista retrotrajo todos los pocos derechos conquistados para las mujeres.
Durante el régimen del dictador Franco (1939-1975), las mujeres casadas quedaron relegadas al ámbito doméstico, sólo válidas para la procreación, sin derechos propios y supeditadas al varón.
Ni trabajar, ni comprar, ni viajar
Algo tan sencillo como comprar un electrodoméstico o cualquier otro bien de consumo estaba prohibido para la mujer española, salvo que su marido le autorizara a hacerlo.
Desde luego, no podían trabajar fuera del hogar sin permiso. La Ley del Contrato de Trabajo de 1944 estipulaba que las mujeres casadas necesitaban el consentimiento de sus maridos para ejercer una actividad laboral remunerada. En la sociedad española estaba normalizado que la mujer dejara su trabajo tras contraer matrimonio y cualquier acción en contra, estaba mal visto.
Hasta 1975, las mujeres no podía firmar contratos, trabajar, conducir comprar o vender propiedades, administrar su patrimonio o viajar si antes no tenían el permiso de su marido. Estaban relegadas al ámbito doméstico y sujetas a la moral católica imperante.
La ley también impedía a las mujeres abrir una cuenta bancaria o gestionarlas, como tampoco tenían derecho a administrar o dirigir su patrimonio. Ni siquiera su propia herencia. De hecho, cuando contraía matrimonio, lo heredado pasaba a manos del marido.
Tampoco se les permitía firmar contratos. Ni de trabajo, ni de alquiler ni de compra venta, ni bancarios. En la misma medida, tampoco comprar o vender propiedades, porque la adquisición o enajenación de bienes inmuebles estaba supeditada al consentimiento del cónyuge masculino.

También estaba prohibido que una mujer solicitara un pasaporte o viajara al extranjero si antes no obtenían el permiso del marido para ambas cosas. Por tanto, nunca viajaban solas y si lo hacían, la presión social caía sobre ellas tanto como la ley.
Solo a partir de 1975, las mujeres españolas pudieron conducir y sacarse el carné libremente. Antes de esa fecha, estaba condicionada a la aprobación del esposo para conseguirlo. Muy pocas lo hacían, porque la sociedad patriarcal consideraba que la mujer solo podía manejarse en el hogar y bajo la protección masculina.
Mayor de edad con 25 años hasta 1972
La ley, la sociedad, el ambiente en general, consideraba a la mujer era un ser inferior al hombre sin criterio propio y sin capacidad para tenerlo. De ahí, que tuviera vetada la comparecencia en procedimientos judiciales sin permiso marital. Como excepción, podían defenderse en un proceso penal o en litigios contra el propio esposo que, generalmente, terminaban ganando ellos.
Aunque en 1972 la ley equiparó la mayoría de edad entre hombre y mujeres en 21 años –las mujeres hasta esa fecha lo eran con 25-, las casadas continuaron bajo la tutela de sus maridos debido a la licencia marital, hasta su derogación en 1975.
Tras esa fecha y, pesar de la derogación, tuvieron que pasar varias décadas para dejar atrás las restricciones legales impuestas a las mujeres durante el régimen franquista. Por ejemplo, no fue hasta la aprobación de la Constitución Española en 1978 que se consagró la igualdad ante la ley y la no discriminación por razón de sexo.

Ese mismo año, también se eliminaron las penas por adulterio en el Código Penal, un delito que solo cometían ellas. Y no fue hasta 1981 que se legalizó el divorcio, otorgando a las mujeres mayor autonomía en sus relaciones matrimoniales.
La derogación en 1975: un punto de inflexión
Aún con Franco vivo, pero ya con una salud muy precaria, el 2 de mayo de 1975 se aprobó la Ley 14/1975 que reformó varios artículos del Código Civil y del Código de Comercio. Reformas que eliminaban la necesidad de la licencia marital y devolvían a las mujeres casadas su capacidad jurídica.
Este cambio permitió que las mujeres pudieran, por primera vez, abrir una cuenta bancaria sin el permiso de su marido, entre otros derechos fundamentales. No fue la panacea, pero la ley señaló el comienzo de un cambio social que constató los primeros pasos para la recuperación de los derechos.
El papel del movimiento feminista
Ni la derogación de la licencia marital ni la paulatina recuperación de derechos no fueron actos aislados, sino el resultado de años de presión y activismo por parte del movimiento feminista.
Durante la década de 1960, emergieron en España grupos feministas que, inspirados por el contexto europeo, abogaron por la igualdad de derechos y mayores oportunidades para las mujeres. Estas organizaciones desempeñaron un papel crucial en la concienciación social y en la promoción de reformas legales.
El movimiento feminista, pese a la represión franquista, fue clave en los avances de los derechos de las mujeres.
Mujeres como María Telo, jurista y defensora de los derechos de las mujeres, fueron fundamentales en la lucha por la igualdad legal. En 2025, el edificio del Instituto de la Mujer de Extremadura fue nombrado en su honor, reconociendo su contribución a la eliminación de la licencia marital y a la promoción de los derechos de las mujeres en España.
De ello, solo hace 50 años. Cinco décadas sin el permiso del marido; cinco décadas desde una derogación básica para los derechos de la mujer que fue posible gracias a la persistencia del movimiento feminista y a la voluntad de reformar un sistema legal que perpetuaba la desigualdad. Aunque se han alcanzado avances significativos, la lucha por la igualdad plena continúa, recordándonos la importancia de mantener y fortalecer los derechos conquistados.
