La violencia contra las mujeres ha encontrado en internet un nuevo escenario que lejos de ser un fenómeno marginal, se ha convertido en un problema estructural. Un problema que reproduce y amplifica desigualdades ya presentes fuera de la red.
Así lo concluye el informe ‘Violencia digital contra las mujeres. Diagnóstico y hoja de ruta’, elaborado por el Ministerio de Igualdad y presentado al Consejo de Ministros. En él se alerta de que el impacto de la violencia digital afecta negativamente en la calidad democrática y en la participación pública femenina.

El documento parte de una premisa clara sobre cómo la violencia digital forma parte del mismo continuum de violencia de género que se produce fuera de internet. Es decir, no se trata de un fenómeno aislado del mundo real. Es una extensión que se ve facilitada por la tecnología y por la arquitectura de las plataformas digitales.
Objetivo: silenciar a las mujeres
Según el informe, el 70% de las denuncias registradas en canales especializados corresponden a violencia digital contra mujeres, una proporción que revela una prevalencia alta en este tipo de agresiones en línea.
El problema afecta especialmente a mujeres con presencia pública —políticas, periodistas o activistas— que se convierten en objetivo de campañas de hostigamiento coordinado. El objetivo principal de estos ataques es desacreditar a las mujeres, causarles miedo e intimidación y conseguir que estas se retiren del debate público.
El 73% de las periodistas ha experimentado violencia digital, y cerca del 60%, haber sufrido violencia online.
Sin ir más lejos, el 58,2% de las europarlamentarias reconoce haber sufrido violencia online y el 73% de las mujeres periodistas ha experimentado violencia digital. Y en ella incluyen amenazas de muerte o violación.
Qué se considera violencia digital
El estudio define la violencia digital como cualquier acto de violencia cometido, asistido o amplificado mediante tecnologías de la información y la comunicación que provoca daños físicos, sexuales, psicológicos o políticos. Este tipo de ataques incluye desde el acoso persistente hasta amenazas sexuales o campañas de desinformación dirigidas contra mujeres concretas.
El estudio también enumera las forma de violencia que son más frecuentes. Entre esas el ciberacoso o ciberstalking; las amenazas de violación o muerte; la difusión no consentida de imágenes íntimas; el denominado doxxing, es decir, la publicación de datos personales; la pornografía sintética o deepfakes, y las campañas coordinadas de desprestigio o desinformación.

El rasgo común que comparten estos ataques es que están sexualizados. Se centran en la apariencia o la vida privada de las mujeres, en lugar de dirigirse a sus ideas o trabajo profesional.
Ejemplos no faltan. En la política internacional, la relatora especial de las Naciones Unidas para los Territorios Palestinos, Francesca Albanese; o la europarlamentaria española, Irene Montero, o la periodista Cristina Fallarás.
Una violencia que empieza y se normaliza cada vez antes
También el informe analiza los orígenes y causas de esta situación y concluye, entre otras cuestiones, que hay una incidencia particularmente alta de víctimas en mujeres jóvenes. De hecho, el 80% de las de entre 16 y 24 años en España ha sufrido algún tipo de acoso en redes sociales o violencia en línea.
Las causas están en la exposición digital a través del teléfono en torno a la infancia, y al tiempo diario de la misma. Según el estudio, el 75% de los niños y niñas de entre 1 y 12 años supera el límite recomendado de tiempo frente a pantallas, lo que favorece la normalización de comportamientos agresivos o misóginos desde muy corta edad.

La “manosfera” y la amplificación algorítmica
Ahora bien, es importante poner el foco en la fuente de la propagación de la violencia digital. Algo que el informe identifica con toda claridad: la ‘manosfera’, un ecosistema digital formado por comunidades y contenidos antifeministas que promueven discursos misóginos.
Este entorno incluye foros, influencers o comunidades virtuales donde se difunden narrativas de odio hacia las mujeres y que utilizan vocabulario despectivo para desacreditarlas. Son, por tanto, acciones coordinadas que se ven amplificadas por el funcionamiento de las propias plataformas digitales.
Según el documento, los algoritmos tienden a priorizar contenidos polarizados y mensajes de odio al feminismo. Y es así, sencillamente, porque generan más interacción, lo que acaba multiplicando el alcance de discursos agresivos o extremistas.

Consecuencias: autocensura y deterioro democrático
Una de las principales consecuencias de esta violencia es el llamado ‘efecto desaliento’. Al final, muchas mujeres reducen su presencia en redes o abandonan completamente los espacios digitales por miedo al acoso.
El resultado, advierte el informe, es un empobrecimiento del debate público y una menor diversidad de voces en la esfera digital, lo que termina afectando a la calidad de la democracia.
Y así lo ha expresado el Ministerio de Igualdad en el Consejo de Ministros donde también ha presentado la declaración institucional con motivo del Día Internacional de las Mujeres, el 8 de marzo.
