La chamá getafense de este año, que arderá el próximo día 31, grita ‘No a la guerra’ aludiendo a una situación internacional marcada por los conflictos bélicos en Gaza, Irán o Ucrania.
La chaná, que está instalada desde hoy en la Plaza de España, sobrevivirá hasta el domingo 31 de mayo, cuando se quemará como cierre de las fiestas patronales.
La escena central muestra un Donald Trump con toga romana recostado en un trono, sobre una montaña de escombros y alzando un misil a modo de espada romana, simbolizando su ambición y sus errática política internacional.

En su mano porta un mundo reducido, a modo de objeto manipulable, simbolizando la guerra que lo destruye. Como explica el concejal de Cultura, Luis Domínguez, «Getafe tiene un alma reivindicativa, y la mostramos también durante nuestras fiestas, con una chamá de triste actualidad, donde denunciamos el poder que se sostiene sobre el conflicto, la destrucción y la manipulación global».
Así, en una de las escenas aparecen dos gallos enfrentados luchan sobre una representación simplificada del planeta, como metáfora de los conflictos internacionales convertidos en peleas de poder.
Soldados de las ‘fake’ news
Otra de las escenas nos muestra una fábrica que produce soldados etiquetados como ‘bulo’, ‘fake’ y ‘odio’, que avanzan en cadena hacia el exterior, representando la creación sistemática de desinformación y su impacto en la sociedad, subrayando cómo la manipulación mediática se ha convertido en un proceso industrializado.

La escena «denuncia la fabricación intencionada de discursos que generan división y conflicto», según fuentes municipales.
Un misil ‘humanizado’
En la siguiente escena a los pies de Trump, a modo de súbdito, un misil humanizado hace arrastrar una pesada carga a un ciudadano de a pie. En este caso se trata de bienes de primera necesidad o de exportación económica en España, como son el vino y el aceite. Todo ello lastrado por una gran losa arancelaria, la cual, junto a las subidas de precio causadas por la guerra, dificultan cada vez más el día a día de los ciudadanos.
En la última escena una niña a modo de espejo interactúa con un entorno dividido entre la destrucción y la inocencia. Una parte del muro muestra dibujos infantiles llenos de vida, que reflejan su realidad antes de la guerra, mientras que en el lado opuesto se observa un contexto de guerra y deterioro. La escena pone el foco en las víctimas invisibles de los conflictos, la infancia.
