Esperanza Quintián (81) es de esa generación de mujeres ‘combatientes’ y activistas políticas, anónimas o no, sin cuyo pasado las de hoy tendrían un presente muy diferente. La suya fue una época en la que las autoridades repartían palos (en el mejor de los casos) por hablar y, aun con eso, ella y mujeres como ella actuaban en la clandestinidad o tomaban las calles junto a sus compañeros de militancia día sí día también para reclamar derechos.
Con un pensar crítico y un espíritu libre, Esperanza repasa su vida para ELLAS desde su casa, tranquila y cómoda, y, de paso, analiza algunas de las cosas que ‘están pasando ahora’ (feminismo, ley trans, prostitución, vivienda, trabajo). Lo hace sin tapujos, que para eso se curró el hablar claro, y con un marcado acento de ‘Madrí-Madrí’ –Lavapiés fue su cuna– que le da más rotundidad a lo que dice.
Escritora apasionada del teatro escribe desde ‘chica’, y en noviembre pasado, por fin, publicó su primera novela, ‘Cuando llegue la lluvia’, donde cuenta los terribles avatares de los que llegaban a Madrid para buscarse la vida durante la posguerra, con parte de sus experiencias. En esta entrevista para ELLAS, Esperanza nos deja claro que experiencias tiene muchas y aun le quedan renglones libres donde apuntar más. Esto es, la publicación del siguiente libro que está escribiendo, darle un repaso al de poesía que ya tiene acabado y seguir sobre los escenarios de la compañía de teatro ‘Tamerlam’ que fundó junto a un amigo hace 14 años.

PREGUNTA: ¿De dónde te vienen esa vena tan reivindicativa y tan artística a la vez, Esperanza?
RESPUESTA: De mi casa donde siempre se respiró un ambiente progresista. Mi padre era cómico de varietés y fue tenor cómico de Zarzuela, así que la música y la comedia eran el día a día. Además, era socialista con carné de la UGT cuando estalló la Guerra Civil que es cuando conoció a mi madre. Ahí se casaron y estuvieron toda la guerra juntos; él se fue voluntario al frente y ella, como enfermera, los dos al bando republicano. Tengo fotografías de ellos en esa época que proyecté en una presentación para teatro leído del libro de Almudena Grandes, ‘Inés y la alegría’. Ella me dio la autorización y la representamos dos veces entre 2003 y 2005.
P.: Con esas raíces es fácil adivinar tu activismo político.
R.: Me metí en política a finales de los 60, principios de los 70, estando trabajando en el departamento de Publicidad de la empresa ‘Uralita’ (multinacional española de materiales de construcción ya desaparecida). Allí, clandestinamente, algunos compañeros nos organizamos en torno a Comisiones Obreras (CC.OO) y luego nos pasamos a la Organización Revolucionaria de Trabajadores, la ORT. Éramos muy activos contra el franquismo y lo digo porque la historia de los partidos a la izquierda del Psoe no se ha escrito, pero existimos e hicimos mucho. Después de casarme, en el 71, iba a charlas y a manifestaciones con mi marido que se metió en política por mí. Y lo hice aun cuando mi hija era pequeña. Llegué a ser adjunta del Comité Provincial de Madrid y estuve militando hasta principios de los 80, más o menos.

P.: Y todo eso lo has hecho en una época en la que los derechos de las mujeres brillaban por su ausencia. ¿Cómo?
R.: En mi caso, lo he tenido más fácil porque mi marido me seguía. Aun así, es verdad que no te dabas cuenta de las cosas que las mujeres no podíamos hacer hasta que queríamos hacerlas. Pero nos opusimos, al menos yo lo hice, en todos los aspectos. También lucharon con nosotras los hombres, aunque es verdad que fueron un poquito por detrás y nosotras tirábamos. Ahora dicen que se sienten sin personalidad y mal, pero entonces les decíamos ‘Manolito, la cena tú solito’ y esas mujeres se enfrentaban a sus maridos. Y de ahí los feminicidios. Ahora mismo, con un mundo derechizado, quienes más lo están pagando son las mujeres. Siguen asesinando a un montón y no pasa nada, a nadie le importa. Siempre ha sido lo mismo. También te digo, nadie nos ha dado nada sin luchar. Solo hay que ver cómo nació el movimiento feminista. Los derechos, no nos los van a dar, no quieren dárnoslos, así que o los conquistamos o no los vamos a tener.
‘Me parece impresentable que una parte del feminismo rechace que las personas ‘trans’ quieran considerarse mujeres‘.
P.: ¿Crees que la Historia del feminismo actual es deudora de vuestra generación?
R.: Más que de nuestra generación, de la Historia. Yo participé en las primeras manifestaciones feministas que se hacían por la calle Atocha y a todas nos consideraban lesbianas. Luchábamos también en nuestros puestos de trabajo por ganarnos el respeto y romper con cosas como la prohibición de ir en pantalones, por ejemplo, en un entorno lleno de fachas. Por eso, hay cosas que no comparto con el feminismo de ahora. Por ejemplo, me parece impresentable que se rechace que las personas ‘trans’ quieran considerarse mujeres. Y lo discuto donde haya que discutirlo. Yo he luchado toda mi vida para poderme considerar lo que me quiero considerar, así que me parece indecente que hoy en día le pongan pegas a las personas que se sienten mujeres. Es inadmisible. No lo admito. Como tampoco admito la visión de la erradicación de la prostitución. En Estados Unidos la ley seca no arregló el alcoholismo sino que lo incrementó. Estoy convencida de que es lo mismo en el caso de la prostitución. Lo que deberían permitirles es sindicarse, que lo han intentado y no las han dejado.
P.: ¿Comparativamente, cómo ves a las nuevas generaciones con respecto al feminismo?
R.: Creo que cada vez empiezan antes a tener comportamientos machistas. Hace unos años, a los niños y adolescentes no se les ocurría agredir a las chicas. Yo recuerdo un caso muy famoso de una chica de Getafe con discapacidad intelectual a la que se llevaron a un descampado, la violaron y asesinaron. Yo estuve trabajando en la Federación de Personas con Discapacidad Intelectual y con ella hice sesiones para entrevistas de trabajo. Me acuerdo perfectamente de ella y de su madre destrozada. El problema es que no hay educación sexual ni educación antimachismo. Para quienes nos hemos desenvuelto en un ambiente feministas nos parece un horror lo que está pasando.
P.: ¿Y con respecto al resto de cuestiones como la vivienda o el trabajo?
R.: Me parece que se cargan mucho las tintas con las dificultades de la sociedad actual. España era un país pobre, negro, feo y difícil, pero nos enfrentábamos. Ahora, la gente está muy pasiva. Nosotros tuvimos trabajo porque la gente emigró y esos huecos los cubrimos nosotros. Pero las condiciones de trabajo eran una mierda. Y para comprar un piso, que dicen que hoy en día no pueden, ¡joder!, yo necesité tres avales para la hipoteca de un piso que tenía más de 100 años. Se nos iban los dos salarios y no te daba para llenar la nevera. Bueno, la nevera, no porque no teníamos, ni lavadora, tampoco. En fin, era otro mundo.

P.: Háblame un poco de la compañía de teatro ‘Tamderlam’.
R.: ‘Tamderlam’ la fundamos el editor y promotor literario Paco Arellano y yo hace 14 años; y más difícil que fundarla ha sido mantenerla porque ha habido momentos difíciles. Es lo que tiene el teatro amateur. Ahora, con el elenco prácticamente renovado, lo último que hemos representado ha sido una obra de Juan José Alonso Millán, ‘Cianuro, ¿solo o con leche?’. Es una comedia muy buena y muy divertida. Yo interpreté primero a la protagonista, a Laura, un personaje muy duro. Pero como se pasa todo el tiempo paseando a su madre en silla de ruedas por el Sena, y yo lo de empujar ya no podía, pedí la silla y hacer el papel de la madre.
P.: ¿Qué esperas del futuro, Esperanza?
R.: Por un lado, como soy una mujer mayor, lo que me dé la vida que espero sea para publicar una saga sobre las mujeres de mi familia, las de la calle del Calvario como las llamaban, porque eran todas muy valientes y eran ellas las que llevaban las familias. También quiero publicar uno de poesía a ver si soy capaz de darle una vuelta a lo que tengo, porque un amigo gallego, poeta, me dice que la poesía tiene que ser limpia. Pretende que no adjetive cuando yo soy muy barroca, hasta en mi manera de hablar. En fin. Y, desde luego, quiero seguir haciendo teatro. Me gustaría morir como Molière, en escena. ¡Ah!, y me resisto a pensar que habiendo salido de un fascismo caigamos en otro tan pronto en España.
