Andrea víctima de violencia vicaria abuso sexual
Andrea, nombre ficticio, es víctima de violencia vicaria. La imagen se corresponde con un momento durante la entrevista con ELLAS.

Andrea (nombre ficticio) tiene 22 años y es víctima de violencia vicaria. No quiere que su rostro se reconozca públicamente, porque lo que le pasó de pequeña es un estigma. Bastante tiene con sanar el abuso sexual que sufrió y la violencia institucional que le obligó a convivir con su abusador. Con 18, decidió tratar de cambiar las cosas y hablar para otros de lo que le pasó.

Cuatro años después, aunque sigue dando visibilidad a esta lacra desde su experiencia, se reconoce desilusionada porque todo sigue igual en el sistema. Como ella hay miles de menores pasando por lo mismo y miles de adultos víctimas que tratan de rehacer sus vidas.

P.: Andrea. ¿Qué te pasó?

R.: Mi padre abusó sexualmente de mí desde que recuerdo. Lo normalicé y se lo conté primero a mi abuela con 4 años como si nada. Ella se lo contó a mi madre y lo denunciaron. Ahí empezó el periplo judicial. A mí no me escucharon y a mi madre no la creyeron, no la dejaron ni hablar. Me aplicaron el Síndrome de Alienación Parental (SAP) y a los 9, la justicia me obligó a vivir con mi padre. Estuve seis años con él y fue un infierno. Fue horrible el trato, y aunque no se hablaba del tema, había mucha agresividad. Yo era un cero a la izquierda y en esa casa no me querían nada. Al final, me escapé cuando tenía 14 y llevo 8 años con mi familia materna.

Andrea víctima de violencia vicaria abuso sexual
Imagen distorsionada de Andrea (nombre ficticio) durante la entrevista.

P.: Durante la convivencia con tu padre, ¿siguió abusando de ti?

R.: De los abusos de pequeña sí me acuerdo, pero de mayor, no. Creo que me drogaba, estoy convencida, pero no lo puedo comprobar. Siempre he dormido muy bien y caía redonda y no me despertaba. Desde que volví con mi familia materna, me cuesta mucho dormir y me despierto a la mínima. También pienso que es la edad, que esto nos pasa a todos, pero un salto tan grande en un tiempo tan corto…

P.: ¿Cómo has logrado vivir con esta situación?

R.: Tengo mucho apoyo de mi familia materna. Siempre han estado y están ahí conmigo. Luego, el tratamiento psicológico lo tengo normalizado aunque no me gustan mucho los psicólogos porque nunca me han ayudado. Aprendí a curarme sola. Voy a terapia, principalmente, para dejar a un lado todo y seguir mi vida.

P.: ¿Hablar de ello y participar en encuentros con víctimas como tú te beneficia en ese proceso?

R.: Esta parte la abro solo en determinadas veces al año, porque me parece importante que la gente conozca lo que viví. Como yo, hay más jóvenes y es generalizado. He conocido a gente que ha pasado por agresión sexual, física y psicológica de pequeños. Todo este tipo de violencias vicarias son muy duras, no se pueden minimizar, pero el abuso sexual es terrible.

P.: Has comentado tu opinión sobre los psicólogos. ¿Y sobre los jueces y juezas?

R.: Hay excepciones, pero en general, creo que son robots, que no tienen sensibilidad, no tienen nada. Es mi opinión, nada más, que no soy nadie. También te digo que a día de hoy, eso ya me da igual.

P.: Pero puede decirse que eres activista contra la violencia vicaria, así que igual no te da…

R.: Lo que quiero decir es que me he dado cuenta de que no puedo cambiar nada en ese sentido. Llevo cuatro años dando charlas a fiscales y profesionales de la judicatura y no solo no hay cambios en el sistema sino que va a peor. Al final, lo que hago es intentar ayudar psicológicamente a las madres y a los hijos porque yo he vivido lo mismo. Que son dos, tres, cuatro a las que llego, pues ya he aportado, pero cambiar el sistema es imposible.

P.: ¿Las víctimas de violencia vicaria tenéis alguna asociación?

R.: Formalizada, no. Queremos hacerla, porque somos muchos, y hemos pedido ayuda para crearla porque no tenemos ni idea de cómo se hace.

P.: Ya por último. Después de lo que has vivido, ¿te ha afectado para tener relaciones afectivas?

R.: Esa parte, afortunadamente, está sanada. Ahora no tengo pareja porque viajo mucho, pero conozco casos que no pueden superarlo en ese sentido y que no quieren oír hablar del tema.

P.: Andrea, muchas gracias por tu testimonio y mucha suerte.

Como Andrea, hay miles de madres y menores sufriendo violencia vicaria que tiene su peor cara en el asesinato. Ayer mismo, un niño de apenas tres años murió asfixiado por su propio padre en Algemesí, Valencia. El mismo que minutos antes, había apuñalado a la madre hasta matarla. Él bebé se llamaba Samuel. Antes que él, durante este año, Nadia, de 5, y Eva, de 13, engrosaron la lista menores asesinados por sus progenitores.