A comienzos de diciembre una mujer presentó una denuncia por agresión sexual contra el expresidente del Gobierno Adolfo Suárez, fallecido en 2014. El escrito, interpuesto ante la Unidad de Atención a la Familia y Mujer (UFAM) de la Policía Nacional y adelantado por eldiario.es y Público, describe hechos que habrían ocurrido entre 1982 y 1985, cuando la denunciante —identificada con el nombre ficticio de Ariadna— tenía 17 años.
Por entonces, el que fuera presidente del Gobierno y artífice de la Transición tenía 50. Aunque la vía penal está cerrada por la prescripción y el fallecimiento del acusado, la mujer persigue una reparación pública y simbólica por unos hechos que, asegura, marcaron su vida.

Violada siendo menor de edad
Según la denuncia, el primer contacto se produjo tras las elecciones de 1982, cuando la joven escribió al despacho de Suárez solicitando orientación académica para “ayudar a su país”. Desde entonces, relata, fue citada en varias ocasiones en el despacho profesional del ex mandatario, siempre mediante llamadas de personal de su entorno.
Por cierto que Ariadna habla de la complicidad de dos de sus personas de confianza en los episodios que describe. Por una lado, la que fuera su secretaría, la política del PP, Gádor Óngil, y su secretario personal, Inocencio Hernández Amores, ya fallecido.
La mujer ha necesitado años de terapia para poner nombre a las agresiones sexuales y reconoce que vive una constante revictimización al al ver cómo la figura del expresidente era constantemente ensalzada.
En uno de esos encuentros, fechado en marzo de 1983, la mujer describe una agresión sexual a la que ahora pone el nombre de violación, en la que, bloqueada por la situación y la diferencia de poder, no pudo reaccionar. Con el paso de los años, explica, la terapia le permitió poner nombre a lo sucedido y comprender que se trató de una violación siendo menor de edad.
Agresiones en el despacho y en el domicilio
La denuncia recoge más episodios a lo largo de 1983 y 1984, tanto en el despacho como en el domicilio particular de Suárez, siempre bajo un patrón de citaciones, silencios y miedo. Ariadna sostiene que acudía aterrorizada, incapaz de cortar el contacto por la autoridad y el poder que representaba el expresidente.
Finalmente, en 1985, decidió escribir una carta para pedir que cesaran los encuentros. Años después, en 2003, volvió a escribirle, esta vez por recomendación terapéutica, para relatarle las secuelas psicológicas y pedirle explicaciones. Esa misiva, fechada el 29 de julio, nunca obtuvo respuesta.

Acabar con la revictimización
La mujer explica que el detonante para denunciar ahora ha sido un proceso de revictimización al ver cómo la figura del expresidente era constantemente ensalzada en espacios públicos, medios de comunicación y producciones audiovisuales. En conversación con Público, afirma que escuchar su nombre de manera recurrente y asociado a homenajes le resultaba insoportable.
Su objetivo, insiste, no es un castigo penal imposible, sino que “su verdad salga a la luz” y se abra un debate social sobre los honores concedidos al exmandatario, incluido el nombre del aeropuerto de Madrid-Barajas.
Las reacciones publicadas hasta el momento se centran en el debate que el caso abre sobre la memoria histórica, la violencia sexual y el machismo estructural. La abogada de la denunciante subraya que se trata de un “caso de libro” de abuso de poder silenciado durante décadas, y recuerda que muchas víctimas solo pueden hablar cuando encuentran un entorno seguro.
