Dolores Vázquez en el acto homenaje organizado por el Gobierno de España. Foto: Ministerio de Igualdad.

En los años noventa en España, ser gay era todavía incómodo para muchos. Ser lesbiana era, directamente, imperdonable. Esa diferencia, sutil para algunos y abismal para quienes la sufrieron, que no se ajustaba a los cánones femininos, es la clave que explica todo lo que le ocurrió a Dolores Vázquez.

No el ADN que nunca la señaló, tampoco las pruebas que jamás existieron. Ni si quiera el móvil imposible que le fabricaron. La clave, en realidad, fue otra: Dolores era una mujer que no se disculpó por querer a otra mujer, que no lloró ante las cámaras, que no se doblegó y jamás ocultó su carácter. Eso, en la España de 1999, y, sobre todo, en el caso de las mujeres, se pagaba caro.

Dolores Vázquez
Dolores Vázquez, en una imagen del año 2000, en el momento de su detención.

Cerca de año y medio en prisión

Dolores Vázquez pasó 519 días en prisión acusada injustamente por el crimen de Rocío Wanninkhof, la hija de su pareja. Fue condenada por un jurado popular a 15 años de prisión tras un juicio plagado de irregularidades, con un perfil de presunta asesina construido sobre su orientación sexual. No había pruebas. Había prejuicio, morbo mediático y una sociedad dispuesta a creer lo peor de una mujer como ella. Fuerte, jefa y lesbiana. Tres condenas en una sola.

La lesbofobia que la hundió no es idéntica a la homofobia que sufrían los hombres gays de su época. Hay una capa añadida en el caso de la mujer que ama a otra mujer. Y es que esta desafiaba dos mandatos a la vez, el de la heterosexualidad obligatoria en la época y el de la feminidad sumisa.

Un hombre gay, sin embargo, y aun siendo rechazado también, podía seguir ejerciendo el poder social que le otorgaba ser hombre. Dolores no tenía ese escudo. Su orientación sexual se convirtió en la prueba de que era capaz de cualquier cosa.

Dolores Vázquez
Dolores Vázquez y la ministra de Igualdad. Ana Redondo, en el acto homenaje celebrado el pasado lunes. Fotografía: Ministerio.

Homenaje del Gobierno 25 años después

De hecho, la investigación de la Guardia Civil nunca recabó pruebas contra ella y montó la acusación en base a supuestos indicios, en algunos casos insostenibles, mientras que los medios ya habían dictado sentencia de la que calificaron como mujer fría, calculadora y vengativa. El estereotipo de la lesbiana perversa, que no por casualidad es el título del libro que la activista Beatriz Gimeno dedicó precisamente a este caso.

Este lunes, el Ministerio de Igualdad le entregó la Medalla de Promoción de los Valores de Igualdad en el marco del Día de la Visibilidad Lésbica, donde la ministra Ana Redondo llamó a lo que le pasó a Dolores por su nombre: «Un linchamiento social e institucional. Una vergüenza compartida.»

Por su parte, Dolores Vázquez recogió la medalla sin rencor, pero sin renunciar a la verdad. Recordó que durante años no pudo salir a la calle, que perdió su profesión, que no tiene pensión contributiva por dos años y dos meses de cotización que le robaron. Hoy solo percibe una pensión no contributiva y no ha recibido ninguna compensación económica. «Pienso que sí, que merezco una indemnización», dijo. El Estado aún no ha respondido a eso.

Dolores Vázquez
Dolores Vázquez ante los medios poco antes del acto homenaje.

El perdón

Dolores también dijo haber perdonado hace muchos años, porque entendió que el odio la estaba convirtiendo en alguien que no era. Pero aclaró que sigue esperando algo que no ha llegado y es el perdón de la prensa, de quienes la convirtieron en monstruo por ser quien era.

Al dedicar la medalla a su familia, a sus hermanas, a su madre ya fallecida, a las amigas que la visitaban de noche para que los periodistas no las vieran, estaba señalando, sin nombrarlo, el daño colateral que sufrieron quienes sí creyeron en su inocencia.

Terminó con una frase que es una declaración de principios: «Estoy orgullosa de mí misma.» En los noventa, esa frase en boca de una mujer como Dolores Vázquez habría sido, para muchos, otra prueba más en su contra.

Dolores Vázquez
Rocío Vanninkhok en una imagen que se distribuyó en los medios tras su desaparición, en 1999.

El caso Rocío Wanninkhof

En octubre de 1999, Rocío Wanninkhof, de 19 años, desapareció en Mijas (Málaga). Su cadáver apareció con numerosas puñaladas tras semanas de búsqueda. Dolores Vázquez, expareja de la madre de la víctima, fue señalada sin pruebas y detenida en septiembre de 2000 bajo un pretexto de crimen pasional construido sobre su orientación sexual.

Un jurado popular la condenó a 15 años. El Tribunal Superior de Justicia de Andalucía anuló la sentencia en febrero de 2002 por «falta de motivación» y ordenó repetir el juicio, que nunca llegó a celebrarse.

En 2003, el verdadero asesino, Tony Alexander King, fue detenido tras matar a Sonia Carabantes, de 17 años, en Coín (Málaga). El cotejo de ADN lo vinculó también al crimen de Rocío, exculpando definitivamente a Dolores Vázquez.