Durante años, la violencia sexual ha encontrado nuevas formas de propagarse en el entorno digital. Sin embargo, lo que ha revelado recientemente la investigación As Equals de la cadena CNN dibuja un escenario casi de ciencia ficción y tan brutal como asqueroso contra las mujeres.
Se trata, nada menos, que de la existencia de comunidades organizadas de hombres, a través de canales de Whatssap y Telegram, donde comparten, perfeccionan y monetizan la violación de mujeres bajo sumisión química. Mujeres que en la inmensa mayoría de los casos son novias, esposas, amigas e, incluso, familiares directos.

Antes de Gisèle Pelicot
El detonante mediático de esta investigación fue el caso de Dominique Pelicot, juzgado en Francia en 2024 junto a otros 50 hombres por un sistema sistemático de agresiones contra su esposa, Gisèle.
Este juicio destapó una práctica muy consolidada en el tiempo, ya que durante años, el que fue su marido la drogó para permitir que decenas de hombres la violaran mientras permanecía inconsciente. La víctima sufrió más de 200 agresiones.
Pero no se trataba de un simple caso aislado. Lo que ha desvelado la investigación periodística es que existen espacios digitales donde este tipo de violencia está absolutamente normalizada y, además, se enseña.

20.000 vídeos de mujeres drogadas
Uno de los principales focos es la web pornográfica Motherless.com. Solo en febrero registró cerca de 62 millones de visitas. En ella se alojan más de 20.000 vídeos catalogados como sleep content (contenido relacionado con el sueño), donde mujeres aparecen aparentemente dormidas o sedadas mientras son agredidas.
Las grabaciones incluyen prácticas como el eyecheck (comprobación de ojos), en las que los agresores levantan los párpados de las víctimas para demostrar que no están conscientes. Algunos de estos vídeos superan las 50.000 visualizaciones.
Ahora bien, el fenómeno va más allá del consumo pasivo, es decir, del ‘solo mirar’. En comunidades paralelas, como grupos de mensajería vinculados a estos contenidos, los usuarios pasan a la práctica e intercambian instrucciones detalladas sobre cómo drogar a sus parejas para abusar de ellas.
El denominado ‘eyecheck’ consiste en levantar el párpado de la víctima para demostrar que está dormida.
Comercio de ‘líquidos para dormir’
De forma paralela, en estas comunidades se ha creado un mercado de acceso y venta de sustancias, a las que los usuarios describen como ‘líquidos para dormir’. Supuestamente, son incoloros e inodoros, indetectables por las víctimas y cuyos precios rondan los 150 euros. Los envíos de estos productos se realizan a todo el mundo.
Así las cosas, la investigación documenta además la existencia de retransmisiones en directo que se monetizan. En ellas, los agresores -maridos, novios, etcétera- muestran en tiempo real abusos sobre mujeres inconscientes. Son sesiones para suscriptores que permiten a espectadores pagar —habitualmente con criptomonedas— para dar instrucciones sobre qué hacer mientras se produce la agresión.
Llegados a este punto, la investigación también hace ver que el componente comunitario de estos canales es clave. Varios de los expertos consultados por la CNN describen estos espacios como lugares donde los participantes encuentran validación, construyen identidad colectiva y refuerzan conductas violentas.
Incluso se han llegado a definir como una “academia online de violación”, donde se enseñan técnicas, se comparten experiencias y se normaliza el delito.

¿Y las víctimas?
¿Y qué pasa con las víctimas? Pues que muchas, la mayoría, no recuerdan los hechos debido a las sustancias utilizadas, lo que dificulta tanto la denuncia como la prueba judicial. De hecho, para ellas, la agresión no existe, aunque su cuerpo le mande señales de que algo no está bien.
Otras, sin embargo, descubren lo ocurrido a través de vídeos grabados por sus agresores que les llegan a través de algoritmos de redes sociales u otras mujeres víctimas. Las consecuencias son devastadoras.
Este fenómeno, el de la agresión sexual facilitada por drogas se conoce por sus siglas en inglés DFSA (Drug-Facilitated Sexual Assault). Las más utilizadas son sustancias como GHB, Rohypnol o ciertos sedantes que provocan pérdida de conciencia y amnesia, y en algunos casos desaparecen del organismo en pocas horas, complicando su detección.
En torno a estas comunidades también hay un comercio de ‘sustancias para dormir’ que se distribuyen por todo el mundo y se monetizan con criptomonedas, las agresiones sexuales.
Pocas investigaciones a nivel oficial
Como es de esperar, y dadas las circunstancias, los datos disponibles sobre esta cuestión son limitados, pero apuntan a una realidad muy preocupante. Solo en Inglaterra y Gales, se ha constatado que el 43% de las agresiones sexuales registradas en 2025 implicaban a parejas o exparejas. Además, el 23% de las víctimas estaba inconsciente o dormida durante el ataque.
Investigaciones relaciones llevadas a cabo por colectivos especializados en violencia y agresiones sexuales han constatado que el 70% de estas las cometen conocidos del entorno cercano a la víctima.
A pesar de ello, la respuesta institucional sigue siendo insuficiente. La falta de sistemas específicos de registro, la escasa formación de profesionales sanitarios y policiales, y la baja tasa de denuncias dificultan dimensionar el problema.
Mientras tanto, las plataformas digitales continúan siendo el principal refugio de estas redes. Aunque algunas han sido cerradas o investigadas, surgen otras a donde migran los usuarios, manteniendo activo un ecosistema donde la violencia sexual se organiza, se comparte y se monetiza.
