Begoña tiene unos ojos preciosos a pesar de esconderlos tras unas gafas de sol por una enfermedad hereditaria. La protegen. Pone un muro entre la realidad y su alma. Un alma rota, como su reputación, como lo que fue una vida llena de insultos, amenazas, coacciones. Una vida donde no veía salvación. Un torbellino que la empujaba hasta lo más profundo de la oscuridad.
PREGUNTA: Begoña, tu relación empezó muy joven, apenas con 19 años, y tenías una niña pequeña.
RESPUESTA: SÍ, yo tenía 17 años cuando tuve a mi primera hija, y a él le conocí con 19 años en una discoteca en Madrid. No quería enredarme mucho porque solo salía cuando podía. Tenía una niña, trabajaba limpiando para un Ayuntamiento en colegios y vivía con mis padres. Siempre he tenido independencia económica y he trabajado hasta que me han dado la incapacidad.
P: ¿Cómo recuerdas esa primera etapa?
R.: Salimos sin convivir durante seis o siete años, y luego me fui sola de alquiler durante cuatro, manteniendo la relación y viviendo independiente. Era controlador, pero tampoco se comprometía. Al final, estaba con él pero yo asumía todos los gastos del piso y me planté. Nos fuimos a vivir juntos a Getafe y, aunque yo creía que organizaba mi casa, no era así. Él me comía la cabeza constantemente y hacía lo que él me decía. Lo veía normal.
Mi hija no terminaba de verle como un padre, aunque en cierto modo la criaba, pero no la dejaba hacer ni decir nada y la convivencia no era buena. Había enfrentamientos cuando yo protegía a mi hija.

P.: Mientras tanto, has sido siempre una mujer muy trabajadora, sin descanso.
R.: Sí, he trabajado mucho. Por esa época además empecé mi etapa sindical, y me organizaba con mi madre para que me ayudara con la niña.
P.: Al cabo del tiempo tuvisteis una hija en común.
R.: Así es. No le gustó que me quedara embarazada, y pensé “te lo comes”, porque fue una cosa de los dos. Él siguió con sus salidas y yo me quedaba en casa con mi hija mayor y el embarazo. Cuando nació empezaron los problemas. Nos hicimos pareja de hecho y nos mudamos a una casa en Toledo.
Él es el pequeño de su familia, estaba muy consentido, y su madre mangoneaba mucho en mi casa, me decía qué tenia que hacer y qué no. Desde que la pequeña nació vi que las cosas estaban cambiando. Un día él me dijo: “Voy a hacer lo que me de la gana con ella”. Y eso hizo, la crio a su semejanza.
«Comenzó a decirle a la gente que estaba metida en páginas de prostitución, en asuntos de cambios de pareja, o que no iba a trabajar, sino a liarme con mis compañeros de toda la vida».
P.: Una casa nueva, un bebé, y él deja su trabajo. ¿Qué pasó?
R.: Él tenía un buen trabajo en una multinacional, pero empezó a venir con problemas. Se sentía agobiado, con mucha ansiedad, necesitaba parar, yo se lo veía en sus ojos y le apoyé. El parón duró mucho; agotó los dos años de paro y luego empezó a irse con unos amigos a trabajar en negro a una empresa de muebles.
A mi casa no llegaba ese dinero. Si sacaba cuatro, veía uno. No sabía qué hacía. Mientras, vivíamos de mi sueldo y tuve que coger otro trabajo. Hacía malabares entre uno y otro, dejando a la niña en la Escuela Infantil y luego, por la tarde, con la abuela. Libraba dos días entre semana que aprovechaba para los temas de la casa. Estaba agotada, y él no se hacía cargo de nada.
Mi hija mayor ya estaba casada y me decía ‘¿no te das cuenta?’ Había momentos que sí me daba cuenta, pero miraba a la pequeña y no quería verme sola. Fue el mayor mal que podía haber hecho. Creía que lo estaba haciendo bien, pero estaba cavando la tumba de las dos.

P.: ¿Cómo era la relación que tenía tu pareja con su hija?
R.: Con nuestra hija valía todo, yo no tenía autoridad. Peleaba para poner límites, pero era imposible, y me di por vencida porque estaba cansada. Él mandaba sobre ella.
P.: La ruina económica llega porque abrís un restaurante. Os hundisteis.
R.: Me arruiné y me hundí yo. Y encima arrastramos a mi hija mayor. Me convenció para abrir un restaurante en un polígono. Decía que íbamos a nadar en dinero. Conseguí montar ese restaurante, y digo que conseguí, porque él no movió un dedo aparte de poner 6.000 euros de una herencia familiar.
Los papeles, la licencia, el dinero para ponerlo en marcha, el producto, todo lo hice yo. Pero eso lo veo ahora, antes no lo veía.
La mayor era autónoma y empezó a trabajar con nosotros en la barra. Él abría por la mañana y yo iba a mediodía, después de mi trabajo, a dar las comidas. Pero me fui endeudando. El restaurante se iba a pique y yo seguía poniendo dinero. Al final, entramos en concurso de acreedores y perdimos la casa. El bar no duró ni dos años.
P.: ¿Cómo seguisteis adelante después del restaurante?
R.: Al meternos en un proceso de acreedores no me quitaron toda la nómina, tan solo un porcentaje, y con eso nos dio para alquilar un piso en Parla. A mi hija mayor también le causamos la ruina, y yo entré en depresión.
Y este hombre, que ya era el ídolo de mi hija pequeña, se metió en las drogas. Ese dinero B que no veía, esa cantidad de tiempo desaparecido, era porque consumía. Terminó saliendo a la luz. Al principio no consumía en casa, pero luego metió la droga en casa. Yo lo permití y lo normalicé.
«Mi hija me decía, ‘si mi padre se va, me voy con él’. Consiguió que le viera como a un pobrecito, como la víctima».
P.: ¿Cómo le afectaban las drogas? ¿Cómo afectaba a la familia?
R.: Empezó a trastornarse. Me hacía ver que yo era la culpable de lo que le pasaba. Ahí abrí los ojos e intenté salir de esa situación, porque veía que eso iba a poder con mi vida. Empezó a meterse conmigo, a llamarme de todo.
Ese tenía que haber sido el momento de haberle dejado, pero no lo hice. La situación se convirtió en un infierno. Los insultos eran constantes, humillantes. Al principio, solo en casa, pero con el tiempo, esos insultos salieron afuera. Comenzó a decirle a la gente que estaba metida en páginas de prostitución, en asuntos de cambios de pareja, o que no iba a trabajar, sino a liarme con mis compañeros de toda la vida.
Iba incluso a mi puesto de trabajo. Me afectaba tanto que no podía volver a trabajar. Yo no podía creer lo que estaba pasando. Una mujer como yo, en el sindicato, defendiendo los derechos laborales, los derechos de las mujeres, y en esta situación.
Y mientras todo esto pasaba, a mi hija pequeña, para que no se enterara de nada, la permitía todo. Ella siempre estaba de su lado. Yo no podía hacer nada, no tenía control sobre nada. Me tenía extorsionada y me amenazaba con decir a todos esas mentiras.
P.: ¿Durante ese tiempo llegaste a sufrir violencia física?

R.: No me llegó a pegar, pero lo hubiera preferido, porque en mi vida no había sol. Yo disfrutaba de mi hija pequeña, ni de la mayor, de los nietos que ya tenía, y con el tiempo cogí un miedo tremendo. No podía salir a la calle; creía que la gente me miraba. Yo creía sus insultos y me daba vergüenza ir a mi trabajo.
Me forzaba a tener relaciones sexuales con él, y después de tenerlas me ponía verde. Así, todos los findes de semana, del viernes al domingo. De lunes a jueves me salvaba porque no consumía tanto, pero los fines de semana, no. Si no accedía, me ponía a parir gritando por la ventana. Ya lo hizo en mi trabajo, con mis conocidos y en la calle. Por evitarlo, yo accedía, pero una vez sentí tanto asco que me tomé una caja de pastillas. Me quería morir. Estaba anulada.
P.: ¿Dónde encontraste la fuerza para empezar a pedir ayuda?
R.: Gracias a mi hija mayor y a una compañera de trabajo. Ella veía cómo llegaba cada mañana y se dio cuenta de mi situación, porque había pasado por algo similar. Poco a poco y costándome mucho, me abrí a ella, cogí fuerzas para hablar con mi hija mayor y denuncié en la Comisaría.
P.: ¿Qué pasó tras la denuncia?
Le impusieron una orden de alejamiento, pero como mi hija pequeña, que tenía 14 años, quería estar con él, retiré la denuncia. No tenía a mi hija, me sentía machada, me seguía acosando, había un bosque con muchas ramas que me tapaban y una espada encima de mi cabeza que me recordaba que si hacía algo, mi hija se iba.
Y mi hija me decía, “si mi padre se va, me voy con él”. Él consiguió que le viera como un pobrecito, como la víctima. El problema se agrandó a extremos impensables. Cada vez que yo hablaba, daba igual la hora, me amenaza con irse con mi hija, y así estuve mucho tiempo.

P.: ¿Y consumía delante de tu hija?
R.: Por supuesto. Seguía consumiendo, tomaba cocaína cuando estaba con ella, y vendía estando con ella. Mi hija no consumió nunca, y toco madera.
P.: ¿Cuándo fue el momento en el que rompes, el día que no puedes más?
R.: Con las drogas no era él, le daban ataques, la cara se le desencajaba, se le salían los ojos. Han sido muchos días los que he tenido que refugiarme en un baño con los oídos tapados par ano escuchar los gritos. Nunca fui una persona miedosa, pero en esos momentos sí tenía miedo. Y lo tenía hasta de mí misma.
Todo terminó la madrugada de un 12 de agosto. Estaba escapando de él por la casa y como no hacía caso de lo que él quería cogió un cuchillo. No sé que me pasó, pero me enfrenté a él. A continuación, cogí una bolsa, le metí las dos cosas que tenía en una bolsa y le eché de casa. Me dijo que se iba a llevar a nuestra hija y le dije, pues vete, llévatela. Y lo hizo.
«Escapaba de él por la casa y, como no hacía caso de lo que quería, cogió un cuchillo. No sé que me pasó, pero me enfrenté a él».
P.: Comenzaste a pedir y a recibir ayuda. ¿Cómo fue ese proceso?
R.: En septiembre, empecé a asistir al grupo de Violencia de Genero de la Policía Local de Parla. Ese apoyo, ese respaldo no lo había vivido nunca. En ese intervalo estaba esperando la cita de la Concejalía de Igualdad para dar terapia, y di con Luis y con Antonio, dos policías muy involucrados en su trabajo. Me sentí arropada. Me llamaban para saber de mí. Estaban ahí.
Luego, en el grupo de mujeres salió un programa de defensa personal. Me apunté para sentir seguridad, y me fui sintiendo un poco aliviada. Mi objetivo era estar fuerte para poder recuperar a mi hija.

P.: Mientras tanto, tenías contacto con ella. ¿Cómo era la relación?
R.: Durante ese tiempo veía que mi hija estaba en peligro. Tenía 16 años y pedí medidas cautelares urgentes para que volviera conmigo. Era octubre. En el intervalo que había hasta el juicio para ver las medidas, recopilaba información para demostrar que era consumidor y que se había intentado suicidar.
Mi hija, mientras, se dedicaba a machacarme y me decía: “Si no vuelves con mi padre, no me vas a ver”. Me amenazaba, también, diciendo que se iba a señalar el cuerpo y que me iba a acusar de habérselo hecho yo. Pero yo ya tenía cierta fuerza gracias al apoyo que recibía, y no me dejaba machacar.
«Siento que soy capaz de tomar mis propias decisiones, y aunque hay circunstancias que no puedo cambiar y nunca olvidas, ya no voy con la señal de ‘víctima’ en la frente».
El juicio se celebró en diciembre y lo tenía ganado. Tenía la orden de alejamiento, el informe de su adicción, testigos, grabaciones de los insultos, de las amenazas. Y todo eso se escuchó en el juicio. Aún así, la misma jueza que le condenó, le dio la custodia de mi hija, porque ella tenía 16 años y podía elegir. Ella declaró en mi contra.
Como consecuencia, me dieron 19 días para dejar mi casa, a pesar de pagarla yo, para que mi hija viviera allí con su padre. Y, además, tenía que sumar a esto su manutención, que siempre había hecho, al igual que atender cualquier necesidad que tuviera. Estuvo tres años viviendo con él.
P.: Te quedas sin tu hija y sin casa. ¿Cómo saliste adelante?
R.: En ese transcurso de tiempo estuve en terapia con Ana. Me apunte en la Oficina de la Vivienda y me salió otro domicilio. Me ayudaron a salir adelante con mucho trabajo. Gracias a ellas, y a parte del equipo de la Policía, como Luis, David y Antonio. Fue muy duro, Pero reviví.

Mi hija volvió conmigo cuando cumplió los 19 años. Su padre la echó de casa y yo la acogí poniendo límites. Ahora me alegro de que esa jueza tomara la decisión de darle a él la custodia, porque me ayudó a poderme salvar y tenerla ahora conmigo. No hubiera sabido poner normas, ahora sí. Y vamos poco a poco.
Siento que soy capaz de tomar mis propias decisiones, y aunque hay circunstancias que no puedo cambiar y nunca olvidas, ya no voy con la señal de ‘víctima’ en la frente.
P.: ¿Qué consejo darías a quien pueda estar pasando por una situación como la que has vivido?
R.: Que a la primera de cambio, no sigan. Que no piensen que no va a pasar más, porque te arrastra años y años. En mi caso fueron 31 años. Y si creen que tienen que aguantar porque hay hijos o familiares, precisamente esos son los motivos para cortar. El maltrato físico te deja golpes en el cuerpo, el psicológico deja heridas en el alma que te machacan, que cicatrizan pero no curan. Espero que apenas haya mujeres que pasen por todo esto.
La entrevista a Begoña está incluida dentro del proyecto ‘Supervivientes’ que nuestra editora Social Media Local ha elaborado con el apoyo de la concejalía de Igualdad del Ayuntamiento de Parla. El próximo 27 de noviembre a las 18 horas, se presentará junto con otras historias de Violencia de Género en la Casa de la Juventud Pedro Zerolo.
