La pregunta sobrevuela redacciones, juzgados y despachos institucionales tras conocerse nuevas denuncias públicas por agresión sexual contra figuras con poder político y mediático. En cuestión de horas, dos informaciones han vuelto a colocar en el centro el relato de las víctimas y la responsabilidad de hombres públicos con poder.
Parece que el ejemplo valiente que está dando la actriz Elisa Moliaá para seguir en el proceso contra el ex político Íñigo Errejón y su reclamo a las puertas del juzgado hace unas semanas para que más mujeres víctimas se atrevieran a denunciar y no la dejaran sola, ha tenido su efecto.

Una segunda mujer, que ha pedido mantenerse en el anonimato, ha denunciado al ex portavoz parlamentario de Sumar por una presunta agresión sexual. La denunciante ha hablado directamente de violación y describe en su testimonio que Errejón la «tiró de espaldas», la “sujetó del cuello”, la “penetró por la fuerza” y le dijo que si gritaba iba a ser peor, a pesar de que ella le insistía en que lo dejara.
Ocurrió en el domicilio de él el 16 de octubre de 2021, poco menos de un mes después de la agresión sufrida supuestamente por Elisa Mouliaá. De todo ello ha informado el abogado de la víctima, que es también el de Moulinaá, Aldredo Arrién. Al parecer, y según ha informado el programa Código 10 de Cuatro, se trataría de una mujer «de cierto reconocimiento público» que ha solicitado ser testigo protegido
Su relato es sobrecogedor.

«Hola, yo también soy una víctima del DAO»
Casi a la vez, el diario El Mundo se hacía eco de la denuncia -de momento solo en conocimiento del abogado Jorge Piedrafita– de otra policía contra el ex Director Adjunto Operativo (DAO) de la Policía Nacional, José Ángel González. Piedrafita es el letrado del caso de la inspectora cuya denuncia por acoso sexual contra González se admitió a trámite en el juzgado y por la que el ex DAO se vio obligado a dimitir.
Según relata el diario, esta segunda funcionaria se presentó a Piedrafita con la frase «Hola, yo también soy una víctima del DAO». A partir de aquí, la víctima le explicó que González hizo que «perdiera su puesto de trabajo», «controlaba todos sus movimientos» y que la «intimidaba y doblegaba».
De momento, el relato de esta víctima no está negro sobre blanco en una denuncia formal ante un juzgado, sino en conocimiento de un abogado.
Móstoles, otro acoso más
La idea de que estos comportamientos son excepcionales o aislados la desmiente el hecho de que de ocurren en todos los ámbitos. Ayer mismo, por ejemplo, el pleno del Ayuntamiento de Móstoles debatió monográficamente la denuncia contra el alcalde, Manuel Bautista, por presunto acoso sexual hacia una ex concejal.
Tampoco la cultura queda al margen. Dos mujeres han denunciado al cantante Julio Iglesias hace semanas por presuntas agresiones sexuales, según diversas informaciones publicadas por elDiaro.es. Los hechos denunciados se remontan a décadas atrás, lo que vuelve a poner sobre la mesa el peso del silencio y la dificultad de denunciar cuando el agresor es una figura poderosa.

No es la política el único ámbito del machismo. Es toda la vida. Todos los espacios. Todas las actividades. Desde un despacho ministerial hasta un camerino, desde un ayuntamiento hasta un encuentro privado. La calle. Las aulas. La oficina. A pesar de esa persistencia, es posible que algo esté cambiando. Que, poco a poco, más mujeres se atrevan a poner nombre a lo que antes callaban. Y lo hacen con palabras rotundas: agresión, acoso, violación.
El miedo, históricamente instalado en quienes sufrían la violencia, es posible que empiece a desplazarse hacia quienes confiaron en la impunidad. Y esa transformación, lenta pero constante nace del relato valiente y preciso de las mujeres que deciden no normalizar lo intolerable.
