Maite cuenta cómo no creer lo que te sucede es una arma que puede llegar a matarte. Lo hace con serenidad y con pena, pero también con la puerta abierta a la ilusión de los años que le quedan por ser feliz, sin gritos ni humillaciones, con ella misma.
PREGUNTA: De niña eras un espíritu libre y te educaron un poco ‘a lo loco’, ¿no?
RESPUESTA: Sí, me crie salvaje. Mi padre era mecánico y vivíamos en un concesionario junto a la carretera, en el campo. Fui a un colegio de monjas horrible y ellas me hicieron romper con la iglesia. A los 11 años, me fui a vivir a Madrid. Tenía muchas inquietudes, quería ayudar a la gente, siempre me ponía del lado del más vulnerable, del que pierde.
P.: No tuviste mucho margen para estar ajena a las responsabilidades. Te quedaste embarazada muy joven.
R.: Con 17 años, así que nos tuvimos que casar. Fue un mal matrimonio porque no nos queríamos. Era una relación con faltas de respeto mutuas. Aún así el matrimonio duró 19 años y tuvimos dos hijos más. Cuando empezó a beber no pude seguir con esa relación porque me sentía oprimida. Escribía poesía para evadirme de los problemas.

P.: Cuando te separas, tu hijos ya son adultos y uno de ellos, adolescente. ¿Cómo fue esa etapa?
R.: Fue la mejor de mi vida. Me fui a vivir a Getafe y estuve un año viviendo sola. Duró poco esa soltería. Un día al salir de casa, mi ex marido intentó matarme en la calle. Fui a urgencias, luego a comisaría y la policía me recomendó no acercarme durante un tiempo por mi casa porque me rondaba.
Era 1995, y no había protocolos ni leyes que te protegieran como mujer víctima de violencia de género. No tenía dónde ir, y fui a casa de un íntimo amigo con el que había iniciado una relación. Fue ahí cuando se consolidó, sobre todo, cuando me dijo que me quedara con él, que iba a estar protegida. Me enamoré.
«Siempre deseaba mi muerte, y me insultaba en público diciendo que era promiscua, cuando él sabía que era la persona que más había querido en mi vida».
P.: Era un amigo al que le contabas todo, teníais en común la afición a la poesía pero ya había cosas que no te cuadraban
R.: Siempre hubo cosas diferentes en él, reacciones bruscas que me hacían sentir como una niña pequeña regañada por su padre. No lo encajaba bien, porque siempre fui muy independiente, sin dar cuentas a nadie, y él me controlaba.
Le quería mucho y no me importaba. Era la dualidad de mi relación, porque fui consintiendo que aumentaran los pasos de la violencia, el ‘no hagas eso, dónde estás, con quién estás’. Había mucho control. Le di pie porque yo no reaccionaba y tampoco me lo quise creer.
P.: Te fuiste a vivir a Málaga para empezar una vida nueva juntos, un espacio para estar solos en pareja.
R.: Queríamos poner distancia y alejarnos de la gente que nos rodeaba para poder empezar de cero. Fue todo a peor porque allí tenía que depender de él todo el rato al vivir alejados en una urbanización. Ahí empezó el verdadero control, y me gritaba constantemente ‘siempre haces lo mismo, no tienes respeto, no tienes vergüenza’.
Aún así, a pesar de la relación, montáis una empresa de mantenimiento. Siempre estabais juntos. ¿Cómo te sentías?
R.: Era muy difícil trabajar con él porque no sabía dividir la relación personal de la laboral. Eso sí, me encantaba mi trabajo. Yo me dedicaba a hacer la limpieza de 15 portales. Al ser propietarios de una vivienda en esa urbanización, fui la presidenta de la comunidad. Él quería manejarme y que fuera su marioneta para hacer cosas que le beneficiaran a él y yo, al contrario, quería beneficiar a la comunidad. Eso generaba muchas discusiones, mucha tensión.

«Yo consentí en mi relación y me controlara cada vez más».
P.: Siempre has sido económicamente independiente, pero vendes tu casa de Getafe y con el dinero abrís un restaurante en Málaga. ¿Mejora la relación?
R.: Fue lo peor que pude hacer en mi vida porque la violencia se incrementó a lo grande. En 2013, llegué a temer por mi vida porque amenazó con matarme. Además, empezó a beber. Un día la violencia e histeria fue tal que destrozó los muebles, lo rompía todo, me escupió en la cara y le dije, ‘hasta aquí’. Llame a la Guardia Civil, al 016, y me dijeron que me marchara de esa casa porque era violencia de género. Yo no quise creerlo, mi problema es que no lo veía.
P.: Te vas de casa y te refugias en el piso de tu hermana, en Parla ¿Tu familia te arropaba?
R.: Sí, mis hijos siempre estuvieron conmigo y mi hermana también. Esa vez que me fui solo estuve dos o tres meses lejos de mi casa porque me empezó a llamar. Unos día era violento, otros suplicaba, otros se arrepentía. Al final, vino a buscarme y le di una segunda oportunidad.
«Un día me escupió a la cara y fue cuando dije ‘hasta aquí'».
P.: ¿Cómo fue esa segunda oportunidad?
R.: La última. Estuve junto a él 3 meses más. La violencia se multiplicó. Su obsesión era siempre quitarme las llaves de la casa para dejarme en la calle, aunque fuera de los dos. Me amenazaba con echarme, me gritaba que estaba loca, que todo eran imaginaciones mías, que era una ‘feminazi’, que yo le maltrataba a él. Le decía a mi hermana: ‘un día me da un golpe que me deja en el sitio’.
Es difícil entender por qué no me iba. Me resistía a dejar mi vida, mi casa, mi trabajo, estaba metida en política y me conocían en Málaga. Tenía que renunciar a mi economía, a mi sueldo, renunciar a mis perritas. Me fui a pesar de que él quería retenerme con amenazas.

P.: De nuevo, tienes que empezar desde cero y esta vez sola. ¿Cómo te encontrabas anímicamente?
R.: Mal, aunque no era consciente del todo de lo que me estaba pasando. Con la distancia empecé a relativizar y a justificarle. Yo me decía que ‘no era tan malo’,que ‘no era todo el tiempo’, que ‘había buenos momentos’. Recordaba cuando los dos escribíamos poesía juntos, ese apego no lo superaba. Sin embargo acudí al centro de igualdad y la psicóloga, Ana, fue la que me hizo abrir los ojos.
Había borrado muchos recuerdos, apenas recordaba cosas, fue ella la que me hizo comprender que había dejado de ser yo, me había anulado completamente. Me pareció muy difícil desarraigarme de él y nuestra vida allí.
P.: ¿Él aceptó sin más que te fueras de su lado?
R.: No. Empezaron las denuncias, porque me insultaba y amenazaba por redes, mail, por correo. Tuve que cambiar de teléfono varias veces y ocultar mis redes sociales. Siempre deseaba mi muerte, y me insultaba en público diciendo que era promiscua, cuando él sabía que era la persona que más había querido en mi vida. Me resultaba muy doloroso. Nueve meses después, le diagnosticaron cáncer y hasta en eso quiso hacerme sentir culpable. Decía que le había abandonado para no cuidarle.
«Me gritaba que estaba loca, que eran imaginaciones mías, que era una ‘feminazi’, que le maltrataba. Él le decía a mi hermana: ‘un día me da un golpe que me deja en el sitio».
P.: ¿En qué situación estás ahora?
R.: El año pasado conseguí que firmara la venta de la casa que teníamos en común y no me ha vuelto a molestar. Sé que no estoy del todo bien, todavía no he superado el dolor que siento por haber querido tanto a esa persona, y una parte de mí todavía le sigue queriendo. Fue el hombre de mi vida y a la vez el hombre que me ha hecho sentir la más miserable, desgraciada y poca cosa del mundo.
Es verdad que ahora me siento más fuerte y libre. Llevo el tipo de vida que quería hacer, como viajar, volver a meterme en política y seguir con mi poesía. Hoy por hoy, me siento realizada aunque no quiero saber nada de los hombres, no he vuelto a salir con ninguno.
P.: Dame un consejo para otras mujeres que estén ahora en una situación parecida.
R.: Tienen que saber que nosotras somos quienes les damos ese poder porque nos hacemos pequeñas. Hay una vida detrás de todos esos gritos e insultos y es mucho mejor. Una relación entre amenazas y miedo no es vida para nadie.
La entrevista a Maite está incluida dentro del proyecto ‘Supervivientes’ que nuestra editora Social Media Local ha elaborado con el apoyo de la concejalía de Igualdad del Ayuntamiento de Parla.
