OPINIÓN. Lola Hernández tiene 54 años y más de tres décadas de trayectoria profesional en medios como Fox, Eurosport, Marca o Antena 3. Pero eso no le impidió que Florentino Pérez, el ‘presidentísimo’ del Real Madrid de Fútbol, le cediera el turno de palabra en una rueda de prensa con estas palabras: «A ver, esa niña, también tiene derecho a hablar. Que todos vosotros sois muy feos.»
En esa misma comparecencia, refiriéndose a la periodista del diario ABC María José Fuenteálamo, añadió: «Esto lo ha escrito una mujer que no sé si ni siquiera sabe de fútbol.»


Dos mujeres. Dos descalificaciones. Un patrón.
A Lola Hernández la infantiliza. «Niña» le llama, empleando una palabra que no es un término cariñoso sino una herramienta de poder. Con ello, reduce a una profesional consagrada a un estado de inmadurez que justifica no tomarla en serio. Y de paso, al apelar a los hombres que la rodean —«sois todos muy feos»— Florentino los convierte en cómplices, en compañeros de ‘fatigas’
Como remate, a la periodista María José Fuenteálamo le niega el conocimiento que le acredita como profesional: ¿sabe de fútbol? Como si tres décadas de oficio no constituyeran credencial suficiente. Como si la duda no fuera, en sí misma, la respuesta.
‘Ese niño, que hable, que todas sois muy feas’
A lo mejor, todo esto se entendería mejor si le diéramos la vuelta. Que alguien llame «niño» a un periodista con treinta años de carrera es inimaginable. Que se pregunte en voz alta si Manu Carreño «sabe de fútbol» resulta una hipótesis absurda. Sin embargo, con sus colegas mujeres ese ejercicio de cuestionamiento es cotidiano, casi reflejo. No hace falta malicia premeditada. Basta con décadas de no haber tenido que revisarse.
¡Ay! Y aquí está el quid. Porque estas expresiones no sorprenden a quienes las hemos vivido. Las mujeres de la generación de Lola Hernández —que es la de la mía, y la de muchas otras— sabemos exactamente de qué va esto.

Lo hemos soportado de redactores jefe, directores, jefes de informativos, de cualquier ‘señoro’ con un cargo y una convicción implícita de que el espacio profesional le pertenecía por derecho natural. Lo normalizamos porque no hacerlo tenía un coste. De no hacerlo eras una intratable y una estrecha. Ahora, eres una charo. Entonces, aprendías a callar, o a reírte. Ahora, ahora, no. Ahora te pones en la foto.
En el fútbol y más allá
Lo que ocurre en el fútbol no es una anomalía del fútbol. Es un espejo de lo que pasa en las redacciones, en los consejos de administración, en las reuniones editoriales, en las cenas de empresa.
Son las mismas frases que pronuncian amigos que se dicen feministas y progresistas, que firman manifiestos y ‘votan bien’, pero que no reconocen en su propio lenguaje una forma heredada y perezosa de considerar a las mujeres como seres de segundo orden. El machismo no siempre grita. A veces solo llama «niña» a quien lleva treinta años trabajando.
La exministra Irene Montero ha dicho en redes sociales que si Florentino trata así a las mujeres en público, no es difícil imaginar cómo lo hace en privado. Tiene razón. Y lo relevante no es solo el comentario, sino el contexto que lo hace posible: una rueda de prensa llena de periodistas, cámaras encendidas, y la absoluta convicción de que nada de eso iba a costarle nada.

Reacción
Lo que resulta llamativo —y esto sí me ha sorprendido, para bien— es que se equivocó. Esta vez, sí ha tenido consecuencias. Que la respuesta en contra fue inmediata y contundente. Que la Federación de Asociaciones de Periodistas de España, la Asociación Española de Prensa Deportiva, la Asociación de la Prensa de Madrid y el Ministerio de Igualdad le han llamado machista y se lo han reprochado.
Hay que darle las gracias al feminismo por esto. Por habernos enseñado a nombrar lo que nos humilla, a no normalizarlo, a no reírnos por compromiso. Por hacer la pedagogía incómoda y necesaria que permite que hoy una sala de prensa se indigne ante lo que antes se habría tragado en silencio. Es verdad que esa pedagogía tiene un coste —las que la ejercen son atacadas, desprestigiadas, caricaturizadas—, pero sus efectos son reales y acumulables.
Alguien dijo que aquello estuvo mal. Que está mal. Mucha gente lo escuchó. Y esta vez, importó.
Seguimos aprendiendo.
