Almudena se justifica antes de comenzar la entrevista: «espero no decepcionar», dice. Ese es un pensamiento que vuelve a lanzar en voz alta al finalizar la charla que mantiene con la sección ‘Ellas’, de Noticias para Municipios, en una cafetería del centro de Getafe, cerca del Ayuntamiento. Allí tiene su puesto como liberada sindical desde que le dieron el sí para ir en las listas de CCOO.
Antes, a Almudena se le podía ver en una de las bibliotecas de la localidad madrileña, para las que tiene un montón de ideas de mejora. No obstante, ese afán por cambiar las cosas, lo pone ahora mismo en el día a día sindical, donde, además, saca pecho como mujer y como feminista, en un entorno de hombres.
PREGUNTA: Almudena, ¿de dónde parte tu activismo social y, más concretamente, tu feminismo?
RESPUESTA: Lo tengo claro. De mi madre, y de venir de una familia de izquierdas de Vallecas. Ella no era ni activista, ni feminista en el sentido clásico, pero sabía cuál era su lugar en el mundo. Luego, en Cambres, en A Coruña, a donde me marché con mi familia, me formé socialmente y acabé militando en Izquierda Unida. Tenía de jefa por entonces a Yolanda Díaz, también amiga. Años después, cuando regresé a Getafe y recuperé mi plaza de biblioletecaria tras la excedencia, quise representar a mis compañeros y compañeras y ahora estoy liberada por CCOO.

P.: ¿Ha cambiado el feminismo a lo largo de estas décadas o la forma de entenderlo?
R.: Creo que el feminismo, como todo movimiento social, ha habido altibajos. A veces ha sido más fuerte, otras con menos, pero siempre ha sido un movimiento proactivo y revolucionario. En mi caso, por ejemplo, yo estoy en una reivindicación perpetua que reporta daños y duele, sobre todo cuando trabajas con la gente, con compañeros, y no te mueves del lugar que consideras correcto como feminista. A pesar de eso, las mujeres feministas somos fuertes. De todas formas, para poder consolarte de esas heridas del día a día, yo necesito mantener alianzas con mujeres a las que les pasan las mismas cosas que a mí y encontrarme con otra compañera.
P.: ¿Hay que ser activista para ser feminista?
R.: Creo que sí. Estamos en una sociedad que ha normalizado que por ser mujer puedan matarnos o violarnos o agredirnos, y aunque hay avances en leyes feministas, estamos en un sistema, en una red de relaciones, que permite esas cosas. Por eso, si hablamos de quemar contenedores o como lo queramos decir, pues sí, mira, hay que tirar para adelante, no nos podemos arrugar. Es verdad que las leyes nos acompañan como mujeres, pero lo cierto es que nos siguen matando, nos siguen violando, y seguimos cobrando menos que nuestros compañeros.
P.: ¿También ocurre en los ambientes de izquierdas? ¿Hay machismo en el sindicalismo?
R.: Entre los hombres hay unas alianzas establecidas y, entre nuestros compañeros de izquierdas también las hay. Esas cosas se notan, existen. Sabemos que el machismo está incrustado en nuestra sociedad y no hay lugares ajenos al machismo. El sindicalismo es un ambiente masculinizado y machista. Sí que hay hombres aliados con el feminismo que se lo trabajan, pero eso no quita para que en organizaciones de izquierdas no se den determinados comportamientos. De hecho, tenemos que hacer planes de igualdad, porque si no los hubiera, no te quiero contar. No podemos cerrar los ojos a la realidad, porque eso sería engañarse a sí misma y al mundo. También hay que tener en cuenta que cuando las mujeres nos incorporamos al mundo del trabajo, comenzamos a cambiar las cosas, también.
«En los sindicatos tenemos que hacer planes de igualdad para que se cumplan las normas»
P.: Sin ir más lejos, ahí están los casos de Errejón, o el de Martín, de Ecologistas en Acción y otros tantos que saltaron a luz coincidiendo con estos.
R.: Te diré que a mí me parece que Cristina Fallarás está haciendo un trabajo que debe ser durísimo para ella, al ser capaz de recoger las denuncias de las mujeres víctimas [de abuso sexual]. Esto significa que las mujeres no tenemos espacios para decir las cosas abiertamente, no ya sin dar nombres y apellidos, sino, simplemente, contando lo que nos sucede. Luego está el hecho de que estas cosas se saben, se conocen por quienes están cerca, pero, claro, a ver quién reconoce que lo sabía. Vivimos en una sociedad en la que están normalizadas estas situaciones. Lo extraño es que haya un lugar en el que se diga que no pasa, porque si es así, es un lugar con las ventanas y las puertas cerradas.

P.: Pero eso es como decir que no hay lugar que se libre del acoso sexual.
R.: Yo estoy convencida de que pasa en todos los ámbitos. Te diré que en el Ayuntamiento de Getafe estamos en trámites de aprobar un protocolo contra el acoso sexual interno, para los trabajadores del Consistorio. Todo el mundo espera que no pase nada de este tipo, pero, insisto, la realidad es que ocurre en todos los lugares, estoy convencida de ello, porque es estructural. Mientras que nos damos o no cuenta, alguien lo está pasándolo muy mal.
«El acoso sexual ocurre en todos los ámbitos y mientras nos damos cuenta, alguien lo está pasando mal».
P.: ¿Se puede decir que estos protocolos tienen que ver con un cambio de mentalidad social en estas cuestiones como parece que está pasando en el caso de Juana Rivas?
R.: Absolutamente. Yo creo que el cambio de mentalidad ya se produjo con el beso consentido de Rubiales a Jenny Hermoso. La sociedad entera lo vio de otra manera y fue paradigmático. Fue un paso de gigante. Y con Juana Rivas, quizá, esté pasando un poco lo mismo y la sociedad está empezando a entender que un maltratador no es un buen padre, así de sencillo. Con esta forma de pensar se rompen muchas cosas, como ha pasado con el caso Pelicott.
