Un sábado cualquiera del pasado diciembre. Pasadas las 10:00 horas de la mañana. Rafa, un preadolescente de 12 años, se levanta. Lo primero que hace es consultar el móvil, para ver si hay mensajes en Snapchat o revisar los últimos vídeos de TikTok. Desayuna apresuradamente, con los últimos vídeos de su ‘youtuber’ favorito en la tablet sobre la mesa y la tele encendida, para volver a su habitación. Agarra su teléfono móvil, que ha conseguido este curso, se conecta con un amigo por una red de mensajería y enciende la Nintendo Sweet para jugar al Fortnite.
El día arranca para este joven con un salto continuo de «pantalla en pantalla». Sus padres se desesperan: «¿Ya estás conectado?», se lamentan, pero le dejan en su mundo tecnológico. Se trata de una escena habitual en cualquier familia con niños y preadolescentes: las videoconsolas y aparatos electrónicos con pantalla están cada vez más presente en la vida social de los jóvenes. Con el tiempo comienzan a hacerse ver las consecuencias. Los expertos hablan ya de «ciber-dependencia» y alertan de las consecuencias en la conducta de sus precoces usuarios: agresividad, aislamiento social y, en muchas ocasiones, frustración por quererlo todo al instante.
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