Adriana ha tenido que lidiar con el peor de los destinos, el de la prostitución, el del apego al maltratador, el de la soledad. Su vida es dura, áspera, llena de desprecio, brutalidad, drogas y supervivencia. Ella lucha hoy en día por poder encontrar un lugar donde vivir tranquila, pero sobre todo lucha por el perdón de su familia y el más importante, su propio perdón.
PREGUNTA: Adriana, eres de Colombia y tu infancia no empezó con buen pie. ¿Cómo te criaron?
RESPUESTA: Me crió mi abuela y mi tío. Mi madre me abandonó cuando apenas tenía tres días. Era tranquila, una niña normal, pero no me dejaban salir mucho. Mi madre se suicidó cuando tenía seis años por culpa de un hombre.
P.: Con 14 años conociste a tu primer marido, eras muy joven. ¿Cómo fue?
R.: Era una niña, pero antes no lo pensaba así. Le quería, quería ser libre y él era muy cariñoso conmigo. Con apenas 16 años me quedé embarazada y ya empezaron los problemas. Vivimos un tiempo con mi abuela, y empezó a pegarme.
Eran otros tiempos, mi abuela lloraba conmigo y me defendía pero entonces era algo normal. Me pegaba por celos, por tonterías, me tiraba al suelo, mi abuela se metía… Luego me pedía perdón, pero en esa época el maltrato no se veía. Le perdonaba, nos separábamos, me perseguía… Cuando nos fuimos a vivir a un piso fue peor. La primera paliza fue porque me cambié en el salón y pensó que me habían visto desde la calle, me pegó un puñetazo que me desvió la nariz.

Me llamaba puta por mi forma de pintarme, vestirme, por todo eran puñetazos, y siempre la palabra puta en mi vida. “Mira como te vistes, que sólo sirves para una cama”, me decía.
Estuve así muchos años, empecé a trabajar en una tienda de ropa, ahí estaba más tranquila, me recogía al salir, se calmó durante un tiempo, pero si llegaba algún cliente me decía que si me había acostado con él, siempre tenia el sexo en la cabeza. Mientras tanto criaba a mi hijo.
Pero le mataron en Colombia. Ahí tuve que buscarme la vida para salir adelante con mi abuela y mi hijo.
«Mi madre me regaló a mi abuela con tres días de vida y luego se suicidó. Padre no he tenido. No he tenido familia, ni cariño. Es lo que he buscado durante toda mi vida, no lo he conseguido de los hombres, pero espero conseguirlo de mis hijos.»
P.: Tiraste como pudiste en Colombia para mantener a tu abuela y a tu hijo, pero las cosas no iban bien. Te invitaron a venir con 35 años a España. Y viniste. ¿Sabías de qué se trataba esa ‘carta de invitación’ que recibiste?
R.: Realmente no. Tuve que pagar un dinero por esa carta, me dieron el pasaje y llevé un currículum, pero resultó que sin papeles no podía trabajar de forma legal, así que entré en un club poniendo copas. Luego tenía que animar a los hombres a consumir, y al final, empecé a ejercer la prostitución. El que me llevó a ese club fue más tarde mi segundo marido, Ramón.
P.: Te ves envuelta en esa situación, y ejerces la prostitución, consigues mandar dinero a tu familia pero empieza para ti un martirio en tu vida.
R.: Sí, es muy difícil empezar, tenía que beber para coger fuerzas porque me daba asco, así que bebía muchísimo. A ellos todo eso les da igual, eres una esclava sexual.

Después de un tiempo ejerciendo recuerdo a un hombre de Getafe que me daba mucho dinero para que le acompañara y cuidara los fines de semana. Era un alivio, porque de tanto trabajar se me inflamaron los ovarios, tenía que ejercer con ese terrible dolor y enfermé. Así que me iba con ese señor que olía mal y tenía mugre en su cuerpo. Le atendía, aseaba, era un descanso porque así no tenía que acostarme con tantos hombres durante dos días.
Ser prostituta ha sido devastador para ti…
Sí. Tenía amigos que me ayudaban, me iba con ellos cuando me lo pedían porque pensaba ‘mejor uno que no con tantos’. Mucha gente dirá ‘por qué no limpiabas suelos’ y lo intenté, pero tenía que llevar dinero a Colombia y vivir aquí, y no era suficiente. Cuanto más trabajabas, más dinero tenías, no había un limite, aunque tampoco podías descansar, porque tenías que atender las exigencias de la dueña del club. Es desgarrador. En algunas ocasiones había hombres que querían atarte, porque te daban más dinero. Una vez accedí, pero no fue solo atar, casi me mata, me pegó, me dio latigazos, había consumido drogas y estaba alteradísimo y aunque yo gritaba de dolor mis compañeras se reían, ese ambiente es terrible.
Ser prostituta es una pesadilla, somos como un váter, y hay que beber. Es lo peor que me podía pasar, me sentía sucia. Llevo años sin ejercer y aún me siento sucia, porque lo de la cabeza no lo saca nadie.

«Con 16 años, el que era mi marido me llamaba puta por mi forma de pintarme, vestirme, por todo eran puñetazos, y siempre la palabra ‘puta’ en mi vida. ‘Mira cómo te vistes, que sólo sirves para una cama’, me decía».
P.: Quien te metió en un club de alterne, volvió a aparecer en tu vida. Y en esta ocasión empezasteis una relación.
R.: Así es, volví a coincidir con Ramón y había cambiado. Ya no era tan altivo y empezamos a quedar los fines de semana. Me trataba bien, fue una relación bonita, hacíamos cosas juntos, íbamos al rio… seguía ejerciendo pero empezamos a salir y aunque era 18 años mayor que yo, me dejó embarazada. Y seguí ejerciendo estando embarazada hasta que ya estaba muy gorda.
Esa fue mi mejor etapa. Estar en esa casa, arreglarla, tener a mi hija. Pero cuando nació, Ramón empezó a tener problemas económicos y el banco le empezó a embargar el sueldo. Nos quedamos sin dinero. La niña no tenía ni pañales, y con dos meses me tuve que poner a trabajar. Él se quedaba con la niña, tomaba muchísimo alcohol y con ello anestesiaba el que me tuviera que ir a trabajar para pagar las deudas. Llegaba a las cinco de la mañana y teníamos peleas, las deudas no paraban, no llegaba el dinero. Y no quise trabajar más. Tenía un ‘amigo’ que me ayudaba mucho y me daba dinero para mandar a Colombia, y mantener a mi hija.
Ramón murió de un infarto en mis brazos, ha sido el único hombre que no me ha maltratado.

P.: Te volviste a quedar sola, con una niña pequeña y sin dinero. ¿Cómo tiras hacia delante?
R.: Fui seis meses a Colombia y cuando regresé a España conocí a otro hombre. Me fui a vivir con él, tomaba alcohol, cocaína y era violento, pero no tenía que prostituirme. Como le conté mi pasado me lo echaba en cara, me insultaba, me pegaba y cuando bebía o se drogaba hablaba solo, daba golpes a las paredes… Yo estaba con mi hija y prefería eso a volver al club, él no me gustaba, pero sólo por no ejercer lo aguantaba todo.
Me echaba de la casa cuando discutíamos y tenía que buscar una habitación con mi hija. Pero volvía porque no quería vivir sola, buscaba cariño, seguridad, y eso es lo que mi hija no me perdona, que volviera con él. Me decía que iba a cambiar, que le perdonara… pero recayó con la heroína.
Me pegaba y me trataba como una mierda, pero me sentía protegida. Así estuvimos muchos años, yéndome y volviendo con mi hija a cuestas.
La última vez que me echó a la calle lo hizo de madrugada. Iba con una toalla y me pegó en medio de la acera. Ya tenía una orden de alejamiento que rompíamos constantemente. La policía le detuvo y estuvo en la cárcel siete meses. Ahora vivo en una habitación en Parla y él en Yuncos, pero de vez en cuando le veo por aquí. Sé que si hubiera querido, me hubiera matado.
«Necesitaba seguridad y cariño, y me iba con cualquiera con tal de no ejercer la prostitución. Aunque me maltratara, soportaba todos los golpes».
P.: ¿Qué ha provocado esta situación entre tu hija y tú?
R.: No quiere saber nada de mí. Ahora tiene 22 años, fue buena estudiante a pesar de todo y tiene su trabajo, pero nunca ha entendido por qué volvía con él. Mis hijos se avergüenzan de mí, les cuento, pero no me perdonan. Tengo dos nietos que me llaman y dicen que me quieren pero mi nuera, con estos tatuajes, no me acepta, porque son muy cristianos.

Me he intentado quitar de en medio varias veces, pero al final me da miedo. Vivo en una habitación de una casa ocupada porque tengo un perrito y no me aceptan en otro sitio. A veces estoy muy bien o muy mal, depende de si he discutido o no con mi hija.
P.: ¿Qué esperas del futuro?
R.: Me gustaría un espacio para mí donde estar tranquila. Volver a empezar, aunque ahora vivo en un mal ambiente. Me ayudan desde servicios sociales e intento tirar adelante, no caer aún más en la depresión. Lo que más me ha marcado es la prostitución porque los golpes pasan, pero me doy asco. Aparento que estoy bien, ser una mujer normal. Tuve una época que me cambiaba el pelo , me rapaba… intentaba no ser yo.
P.: Ahora hay mujeres que están en esta situación, sufriendo maltrato y ejerciendo la prostitución. ¿Qué les dirías?
R.: Que no se dejen utilizar, que traten de salir de la prostitución. Es muy difícil hacerlo porque yo he tenido que pasar lágrimas, golpes y soportar hombres asquerosos. Pero hay que luchar, porque nosotras no somos malas, somos seres humanos, aunque la sociedad nos vea como lo peor.
La entrevista a Adriana está incluida dentro del proyecto ‘Supervivientes’ que nuestra editora Social Media Local ha elaborado con el apoyo de la concejalía de Igualdad del Ayuntamiento de Parla. El próximo 27 de noviembre a las 18 horas, se presentará junto con otras historias de Violencia de Género en la Casa de la Juventud Pedro Zerolo.
