Este martes llega a las librerías españolas ‘Un himno a la vida: Mi historia’, la autobiografía de Gisèle Pelicot publicada por Lumen y editada en Francia por ‘Flammarion’ con el título Et la joie de vivre.
La obra, escrita junto a la periodista y novelista Judith Perrignon, se publica simultáneamente en una veintena de idiomas y abre una ventana serena a la vida de la mujer que, sin buscarlo, se convirtió en símbolo global contra la violencia sexual.

“¿Qué hacer con estos recuerdos?”, se pregunta Pelicot en las primeras páginas. La frase atraviesa un texto que rehúye el sensacionalismo y se adentra en su infancia, su juventud y su vida familiar. Momento muy anteriores al proceso judicial de 2024 que la situaó en el centro de la atención internacional.
Más que reconstruir lo que el mundo vio en los tribunales de Aviñón, la autora se detiene en los matices de una biografía que no quiere quedar reducida al horror.
Del flechazo a las lagunas mentales
En el libro evoca la muerte de su madre por cáncer, la relación difícil con su madrastra y el anhelo de afecto que marcó su carácter. También recuerda el flechazo con quien sería su marido, al que describe como un “electricista dulce y tímido”.
Gisèle cuenta en sus memorias que la relación con su ex marido comenzó con un flechazo.
“Todavía noto la sensación que me invadió al conocerlo; hoy me quema, me hace daño, pero nadie me la quitará”, escribe. La frase condensa la contradicción de una historia que durante décadas pareció normal.
Pelicot relata cómo, durante años, atribuyó sus lagunas y malestares físicos a problemas de salud, sin sospechar que estaba siendo drogada de forma sistemática. Cuando la policía la citó tras detener a su entonces marido por grabar a mujeres en un supermercado, su primera reacción fue apoyarlo.
Solo después conoció la magnitud de los hechos. Que había sido sedada reiteradamente para que decenas de hombres la violaran mientras él grababa las agresiones.

Y la vergüenza cambió de bando
“Había sido feliz, estaba segura. No era solo una víctima”, afirma en la autobiografía. Esa reivindicación atraviesa también las entrevistas concedidas en Francia con motivo de la publicación.
En declaraciones recogidas por medios españoles, Pelicot insiste en que abrir el juicio fue una decisión consciente para que “la vergüenza cambiara de bando”. Razón poderosa que la llevó a no ocultarse ni acogerse a puertas cerradas, porque su nombre y su rostro debían acompañar la denuncia.
Precisamente, el libro recoge la violencia de esa exposición pública, los aplausos de mujeres y la sensación de que “algo estaba pasando” más allá de su caso individual. “He oído la alegría y la rabia venciendo al silencio”, escribe al respecto.
‘Que la vergüenza cambie de bando’ se ha convertido en lema feminista en la lucha contra la violencia sexual.
Referente feminista
Consciente o no, lo cierto es que esa dimensión colectiva es la que ha convertido su historia en referencia feminista. Y lo ha hecho en un momento en que el debate sobre consentimiento y cultura de la violación está más abierto que nunca.
Y lejos de instalarse en el papel de víctima permanente, Pelicot narra también el apoyo de sus amistades, la conmoción de sus hijos por asumir que su padre era “un monstruo” y la posibilidad de volver a enamorarse.

“Nunca le echaré una mano a la muerte”, sentencia en uno de los pasajes más duros, al recordar el instante en que la desesperación la asaltó.
Detenido por grabar en un supermercado
El caso de Gisèle Pelicot comenzó a destaparse en septiembre de 2020. Fue entonces cuando la policía detuvo a su entonces marido, Dominique Pelicot, en un supermercado del sur de Francia por grabar bajo las faldas de varias mujeres. Aquella detención, que en un primer momento parecía un episodio aislado de voyeurismo, llevó a la policía a registrar sus dispositivos electrónicos.
En los archivos encontraron cientos de vídeos grabados durante casi una década. Las imágenes mostraban a Gisèle inconsciente en el domicilio familiar mientras era violada por distintos hombres. La investigación reveló que su marido la había estado drogando sistemáticamente desde alrededor de 2011. En el juicio se demostró que le suministraba ansiolíticos y otros fármacos sin su conocimiento para facilitar las agresiones y grabarlas después.
La instrucción judicial se prolongó durante varios años y sentó en el banquillo a su exmarido y a decenas de hombres identificados en los vídeos. El juicio se celebró en 2024 en Aviñón. En él, el testimonio, firme y sereno de Gisèle y su decisión de no ocultarse, trascendieron el ámbito judicial y cambiaron la forma de mirar a las víctimas en los procesos penales.
